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miércoles, 27 de marzo de 2024

El arte

A veces el invierno

se impone

y el silencio

de los pájaros ausentes.


El verso se enroca

en estas calles

que no saben callar

su miseria.


Voces, mientras tanto,

insulsas pregonan

el impetuoso sabor

de las fresas a destiempo.


Los alaridos de Munch.

El vacuo lujo de Lempicka.

La cordura de Dalí.

El jardín de las delicias.


Ciertas oscuras golondrinas,

el deseo enfermo de realidad

y el enésimo recoveco

de este laberinto sin salida

que solemos llamar hogar.


Vendemos humo

viendo el mundo arder

con una cerilla en la mano.


El suicidio

o

el arte.


viernes, 23 de octubre de 2015

El encuentro

El camino no siempre es fácil, a menudo encontramos obstáculos que nos hacen dudar, que nos impiden avanzar, y, por un momento, permanecemos inmóviles, atenazados por las dudas, a ralentí.
Aquel día nada parecía presagiar el funesto final. La mañana había despertado luminosa y cálida, el sol invitaba a una fiesta continua. Peter estaba de buen humor, lo sé porque siempre tararea la misma canción cuando esto sucede: la versión más bonita y sentida de My Way, en la voz enlatada de Nina Simone.
Acudimos al centro y, excepcionalmente, tuvimos sesión de chapa y pintura. Él acudió a su barbero preferido en Manhattan, se hizo lustrar los zapatos en Broadway, recogió su traje más elegante en la tintorería Imperatore y compró unos excelentes bombones de chocolate belga en Leonidas-L’amour fou. Tras mi sesión de aceite y masaje se unió a mí, pasamos por la estación de servicio antes de recoger un poco ortodoxo ramo de lirios y amapolas, y volvimos a casa. Durante todo ese tiempo My Way sonaba de manera perenne. Yo estaba entusiasmado, cuando Peter estaba así de radiante yo sabía que algo bueno iba a suceder.
Peter subió al apartamento y yo le esperé junto al portal, tomando el sol y escuchando el dulce trinar de los pájaros, rezando porque a ninguno se le ocurriera estrenar mi mal humor con su puntería escatológica. Cuando Peter regresó, un par de horas después, iba impecablemente vestido. El traje le hacía parecer Paul Newman, ¡qué hombre! ¡Y su sonrisa… el universo entero brillaba reflejado en sus dientes inmaculados!
Corrimos por las calles de la ciudad y Nina Simone atronaba a los viandantes, que sonreían al intuir la felicidad que íbamos regalando a nuestro paso. Peter conducía ágilmente, avanzando en zigzag entre los tristes automóviles que circulaban sin sentido. La carretera era nuestra.
Cuando llegamos a la 5ª con Park Av. nos detuvimos en doble fila. Peter estaba exultante. Descendió y se ausentó un instante. Se acercó a un portal próximo y escuché vagamente como una voz de mujer decía:
—… ya bajo…

Había algo extraño en aquella voz, un deje melancólico que anunciaba un desenlace trágico e inesperado. Peter volvió a entrar y encendió un cigarrillo. A mí no me gusta el humo, deja un hedor insoportable en mi tapicería. Justo en el momento en que llegaba la apoteosis al piano de Nina, sentí un golpe seco y mortal. Me encogí por el dolor retorciéndome hasta quedar hecho un amasijo de hierros. La mujer finalmente había bajado y, por fin, ambos estaban juntos.

lunes, 12 de octubre de 2015

Minotauros personales

Doblar una esquina.
Doblar otra esquina.
Otra esquina más.
En eso consiste un laberinto.
El minotauro espera.

Las paredes no permiten ver
y no permiten verte.
Los ladrillos son recuerdos
que crecen y alejan el cielo.

Sobre los muros blancos
se proyecta mi vida,
la que fue,
y la que no pudo ser.

Me duelen los pies
de tanta senda sin sentido,
de tanto carácter y destino.

El camino va quedando atrás,
transitado eternamente,
y delante un lienzo,
una hoja en blanco preñada de horror vacui,
una apuesta a doble o nada
por seguir siendo yo mismo.

He dejado de correr tras el eco de tus pasos
que aún así resuenan e inundan,
ahogan el silencio.
Correr tras un recuerdo es un suicidio.
Aprendo a vivir con ellos,
acompasando mi corazón a tus silencios,
bebiendo solo,
brindando por tu ausencia y por mi exceso.

Camino sereno.
Sé que estás lejos,
doblando tus esquinas de mármol,
con tu propio minotauro al acecho,
valiente y loca. Sobreviviendo.



domingo, 25 de enero de 2015

Confesión

Admito los rugidos de un león alado
solo en su roca,
rey de nada.
Admito los jugos del deseo,
la inercia de la tristeza
y la palabra que sangra.

La oscuridad se instala y pierdes referencias,
y te encomiendas a un recuerdo que traiciona,
que malvende tu esperanza a un silencio
que te encierra en lo más hondo de tu piel.

Solo los valientes sienten miedo
cuando se enfrentan a sí mismos,
seguros de morder el polvo y las entrañas.

Fracaso. Fracaso otra vez, y vuelvo a fracasar.
Pero nunca fracaso mejor y la piel me arde
devolviéndome una imagen más gris
que visto de colores, por evitar el suicidio.

La bohemia, la impostura, la poesía
y un espíritu de holandés errante,
un abismo personal,
un infierno elegante,
la huida del que mira el mundo desde las afueras,
absorto, como todos, en su propia pesadilla,
vacunado contra utopías y quimeras.


martes, 22 de julio de 2014

Los días insulsos

como si importara.
Cada individuo soporta su existencia,
todos con la hiel en los labios,
todos, en mayor o menor medida, enfermos de absurdo.
En estas circunstancias esperanza es nomás una palabra,
tetrasílaba,
grave y llana,
un sustantivo común, valga la ironía,
abstracto, inabarcable, inexistente.

La soledad conjura todos los demonios,
piensa, en su atalaya, el aprendiz de filósofo
mordiéndose las uñas,
y bautiza un infierno personal e intransferible,
ese parpadeo que llamamos vida.

Una jauría, mientras tanto, se afana en perseguir
una quimera que algunos inconscientes
se obstinan en seguir llamando paraíso,
sin más fin que una muerte cierta
y, acaso, un epitafio memorable
que, inexorablemente, será pasto del olvido.

La comunión extática de un poeta fracasado
es humo vendido al peso,
una estrategia para sentir el roce de una existencia
que se diluye,
envuelta en frases derramadas,
y evita tomar partido.
El amor nunca llena una metáfora.

Una muchacha observa el panorama
con los ojos arrasados
y el alma en un puño,
horadando el paisaje con su sola presencia,
aterrada y encinta,
despierta ya del sueño.

Todos los insomnes se restriegan los ojos al atardecer,
ávidos de un descanso prohibido,
y disponen sus manías y sus vicios,
dispuestos a sobrevivir al tedio dignamente
o a un suicidio que se antoje divertido.

Los días insulsos se suceden,
nos suceden y suceden sin más,
con nosotros o sin nosotros para escribirlo,
para leerlo, para sufrirlo.

domingo, 27 de abril de 2014

Otra visión del paraíso

Audio - Lectura personal

Abre los ojos y observa.

Las ciudades engullen transeúntes al paso,
deshumanizan y agreden,
vomitan soledades multiplicadas,
que enferman y languidecen.

Los amores se marchitan también en primavera,
se agostan en abril
ávidos de un sol ausente por decreto,
sin aliento que los mime.

Las ambulancias trafican con la vida y la muerte
como si la eternidad se concentrase en un instante.
El disco verde anuncia una tregua.

Los poetas se piensan a salvo inmóviles en sus pedestales,
cronistas de nada,
ajenos a todo,
ensimismados buscando una palabra que no existe.

La ciudad sigue bullendo y siempre es de noche,
y la noche es terca y es oscura.
Los neones anuncian de saldo la tiranía
que sí nos supieron vender
iluminando nuestro hastío.

Abre los ojos, y disfruta.

Es eso o el suicidio.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Fronteras difusas



Hoy me he despertado con una inexplicable
sensación de precipicio,
el borde de mi cama
era una obscena invitación al suicidio.
Mi cabeza es una verbena
que ofrece ecos de un pasado marchito,
versos que naufragan
y poemas que son apenas alarido.

Hay días que no merecen la pena
y mucho menos la alegría,
hay días en los que muero en tu recuerdo,
días que se visten de rutina.

Existen los poemas, y existe la poesía,
los poetas somos parias y suicidas,
nos enamoramos de un sueño
conscientes del absurdo del empeño.

jueves, 21 de febrero de 2013

Preguntas retóricas


¿Quién eres?, me preguntó desde su atalaya.
Soy aire que vibra, apenas una voz.
Una voz hilarante que escribe muecas obscenas sobre el espejo,
como un mimo teñido de vaho.
Un reflejo de un reflejo de un reflejo previamente deformado.
 ¿Pero quién eres?, repetían sus ojos tristes sin cesar.
No hay salida. Solo puertas cerradas, inquisitivas y siniestras.
Todos los pomos arden y muerden al menor movimiento.
Yo soy aquello que se oculta detrás, acechante.
Una pesadilla naciendo de un sueño, otra promesa muerta.
Sí, ya. Pero no se aún quién eres. Su cuerpo escupía, gritaba escorzándose.
Solo respiro.
Respiro y respiro.
Y a veces susurro palabras,
como si algo tuviera sentido.
construyendo mi paz en tu ausencia,
bebiendo cicuta y suicidio.