martes, 20 de febrero de 2018

El ruido

Suplico silencio
y me retraigo.
Todo urge.
Afuera apremia el tiempo,
quizá llueva.
Los semáforos regulan
el flujo constante
de preocupaciones huecas,
de huellas perdidas.
Huele absurdo.
Patriotas paren banderas
y el público aplaude
su panoplia
de medias mentiras
que disfrazan
sus medias verdades.
No es tiempo de poesía,
dicen,
militantes,
jueces por derecho,
divina sea la parte.
Y yo suplico silencio,
y me retraigo.
Ni me escondo
ni me niego,
pero aborrezco el ruido.

viernes, 16 de febrero de 2018

Hasta el infinito, y más allá

[Este texto nace de un ejercicio planteado a mis alumnos de 4ºESO, en el que tenían que desarrollar un texto argumentativo que incluyese argumentos racionales, afectivos y de autoridad, además de un fragmento fundamentalmente descriptivo y otro fundamentalmente narrativo. A modo de ejemplo les preparé el texto que sigue. Espero sea de agrado.]

Existe en la tradición castellana un refrán que dice: “Contigo, pan y cebolla”. Es un bonito refrán que el CVC[1] interpreta diciendo que cuando se quiere a alguien de verdad, se está dispuesto a vivir con él no sólo en época de felicidad sino también cuando sobreviene la desgracia. Todos sabemos que esto sería lo ideal, pero que está lejos de ser cierto, y vivimos en el mundo real. Y del mundo real os vengo a hablar.
La escuela está bien. No tienes que pensar demasiado. Tampoco se te plantean muchas dudas. Tus padres te colocan ahí cuando no sabes ni que eres, y poco a poco te van diciendo qué tienes que hacer. Con suerte, al inicio, de una manera sutil; a medida que va pasando el tiempo la cosa se complica, la sutileza se abandona y los exámenes se multiplican. ¿Por qué? ¿Para qué?
Las respuestas que obtienes son variadas, pero manidas. Que si el futuro; que si el conocimiento; que si la sociedad… Y a ti todo te suena a chino (dicho sin tintes xenófobos).
Estáis a punto de salir de la escuela. Ahora sí que viene el coco. Toca empezar a elegir. A tomar decisiones.
Decidir es vivir. Tendréis que apostar por un proyecto, ir construyendo una vida, y en ese proceso os enfrentaréis a innumerables elecciones evidentes y a otras muchas mucho menos evidentes.
Pronto dejaréis de escucharme, pero dejad que una vez más insista en la importancia de formarse para llegar a ser aquello que podemos ser, que queremos ser.
Sé que si cerráis los ojos me podéis imaginar casi sin esfuerzo: agachado, apoyado en mi fiel taburete, zapatillas de deporte, vaqueros gastados, una camiseta demasiado colorida y juvenil para que la lleve dignamente un tipo de 40 años, pelo corto y cada día menos abundante, barba descuidada de cuatro días y una cara capaz de todo, de ternura cuando toca, de truenos de tormenta que se desboca o de pánico nuclear.
Pues no. No cerréis los ojos. Abrid los ojos. Olvidad que os hablo yo. Escuchad.
Decía Severo Catalina, un periodista y escritor del siglo XIX, que “la mayor parte de la gente confunde la educación con instrucción”. Estoy de acuerdo, incluso sucede en muchos centros educativos que acaban siendo lugares de entrenamiento en los que se vomitan estructuras preestablecidas. No creo que eso pueda llamarse verdadera educación. “Eso” es otra cosa. Una persona educada, voy a acudir ahora a otro escritor del mismo siglo, esta vez británico, Herbert Spencer, es aquella apta para gobernarse a sí misma. Es decir, para tomar decisiones libres.
Para decidir libremente es (permitidme la licencia) impepinable saber, en primer lugar, que hay diversas opciones. Sucede que muchas veces no elegimos porque no sabemos que podemos elegir, porque no conocemos otras opciones.
Os voy a poner, ya que del mundo real se trata, un ejemplo fácilmente comprobable. Todos conocéis la utilidad de un invento que ha revolucionado nuestra manera de movernos: el GPS. El aparato (o aplicación, según) viene con unos valores predeterminados, generalmente ruta más rápida con peajes. Esto ha supuesto que todo el mundo que dispone de GPS y lo usa (gran parte de la población) siga las indicaciones y escoja el camino marcado. Buen negocio para las autopistas, pero una ruina para miles de negocios de carretera que subsistían gracias a camioneros y viajeros de todo tipo. Todo pro tiene su contra. Aceptamos que decidan por nosotros, pero si no tenemos la suficiente formación no nos percatamos de lo que perdemos. Perdemos el chuletón del restaurante Manuel, perdemos la visita a la iglesia románica de Valdepueblo de Cadauno, y conocer algo de nosotros mismos que se anula en la voracidad de las pantallas que nos uniforman.
Alguno me podría decir, acertadamente, que los parámetros del GPS se pueden modificar. ¿Qué tenemos que hacer? Saber cómo modificarlo y, ya sabéis, eso se llama conocimiento, eso se llama formación.
Por otro lado, tomar una decisión libre implica haber meditado en las consecuencias de tal decisión, y responsabilizarse de ellas. Si no se dan las condiciones la decisión no ha sido libre, sino un dejarse llevar por los instintos. Uno no puede responsabilizarse de lo que no ve (pensad en cómo se defienden muchos acusados de corrupción, alegando desconocimiento), ¿de verdad queremos valorar la ignorancia como una virtud? A nadie le gusta que le llamen ignorante. No lo seáis. Formaos. Cuanto más sepáis del mundo y de vosotros mejor será el proceso de decidir qué sí y qué no, quién sí y quién no, y eso marcará la diferencia.
Casualmente esta tarde de jueves, antes de sentarme a escribir el final de esta argumentación, he topado con una publicación en RRSS que reproduzco: “Crecer duele. Implica tomar decisiones difíciles. Dejar personas que quieres, [sic] pero que no suman en tu vida. Cambiar de hábitos. Renunciar a expectativas que pensabas [que] te harían feliz… Crecer duele, pero es necesario”[2]. En un comentario, un usuario respondía preguntando el porqué del dolor, cuestionándose si no sería apropiado hablar de alegría, alegría por decidir, por dejar marchar aquello que no nos beneficia, etc. Discusión interesante. Al final, como casi todo, probablemente sea una cuestión de actitud, aunque también de aptitud. El caso es que me sirve para enlazar con el tema. ¿La formación nos ayuda a gestionar mejor nuestras emociones, aquello que somos? Creo que la respuesta es tan evidente que no es necesario decirlo, aún así, hagámoslo, digamos un rotundo SÍ.
Todos hemos sido niños. Necesitábamos saber. Saber por qué el cielo es azul, por qué no mezclamos nocilla y sardinillas en el bocata, por qué aquel niño está llorando, por qué se murió el abuelo, y adónde fue, y cuándo vuelve. La infancia quiere saber. Quiere formación para poder crecer y decidir. No perdáis el resto de niño o niña que aún sois, buscad respuestas y encontraréis nuevas preguntas que os permitirán continuar en movimiento, seguid en formación[3].
Tras lo dicho estoy seguro de que habréis ya comprendido que cuando hablo de formación no hablo de títulos, ni de másteres o escuelas superiores, hablo de vosotros y de cómo encararéis la vida, dispuestos al movimiento o estáticos, si me permitís la licencia poética, extáticos o estáticos. Toda mi labor docente está volcada hacia la reflexión, el discurso y la poesía, a incitaros a entrar en un mundo maravilloso de referencias cruzadas,  de motivos para seguir adelante, planteándoos nuevas preguntas, construyendo, palabra a palabra, aquello que sois, aquello que podéis ser. Formaos. Moveos.



[1] Centro Virtual Cervantes.
[2] Paloma Hornos, directora de Gestión Emocional, en el grupo de Facebook llamado Educación Emocional el 16/02/2018.
[3] Hasta el infinito, y más allá.

martes, 13 de febrero de 2018

La Voz

Te encuentro en el aire que me repite
y se obstina en seguir pivotando.
Consigo intuir tu presencia
por doquier,
como un insulto a mi propia inteligencia,
empeñada en adorar subterfugios
que rediman una verdad cruda.
Te niego
y el acto mismo de negarte te acepta,
irredenta,
revolucionaria,
intransitable.
Estás, lo sé.
Los árboles te gritan
incluso en el incendio
que hace crepitar
una existencia mínima,
una parte del todo
que observa en silencio
y asiente.
Te invoca la nada
que se instala en las bocas
que pierden sus dientes
y en el último estertor
te mandan al carajo
tras un sabor tan dulce,
tras un sabor tan agrio.
Todos los ecos resuenan
y una voz sin lengua,
multiforme,
extraviada,
nos invita a tu convite.
Ni la piedra permanece.
No,
ni vinimos ni nos vamos,
pero estamos
otra vez dispuestos a volar
por ver el cielo,
para besar el suelo.

miércoles, 31 de enero de 2018

Amores suicidas

Y tú, ¿dónde estabas cuando todavía creía en el amor?

Entonces todo era posible, nuevo, impetuoso. Los amaneceres engendraban sueños que presagiaban, que conjuraban, que no dormían. Las primaveras multiplicaban las flores, no la astenia. Y todas las palabras eran bellas, un embrión de metáfora. La vida latía con cada latido, haciéndose a cada instante, con sentido y sin sentido.

ahora apenas sueño.

Entonces devorábamos historias, nos travestíamos de héroes y sojuzgábamos al destino. Nuestro cuento siempre acaba bien. Éramos seres indómitos, seguros, aparentemente descreídos. Y todas las palabras eran nuestras, un soplo de aire fresco. La vida era absurda y brindábamos por ello.

La luna solo brillaba para el amor, un amor adolescente que siempre sabe sufrir aunque apenas se atreva a amar, un amor que sabe a sal y a sangre de herida abierta. Y las estrellas asistían, aquiescentes, testigos de una tragedia que no acaba ni comienza.

ahora apenas creo.

Aprendimos a leer. Que los cuentos son solo cuentos. A soñar con los ojos abiertos. A volar con los pies en el suelo. A entender la inmensidad del cielo. A escribir, obstinado y terco.

Y a escapar de los amores suicidas.

Ya nada huele a nuevo, pero poco a poco las palabras significan, se hacen hueso, músculo, cuerpo y fructifican. De pronto la luna brilla nueva y alumbra un océano de certezas que susurran: eres viento, eres tierra y eres silencio.

Y el amor brota del mismo centro e impone su oficio. Y vamos comprendiendo su esencia con cada verso tuerto que ensayamos frente a un espejo que siempre nos deforma, que bendice nuestro orgullo y nos invita al exilio.

Por fin entendimos.
No era ganar.

Era vivir.

martes, 23 de enero de 2018

Fini

Supongo que ella no lo sabrá nunca, porque no recuerdo ni su nombre completo, pero Fini, Serafina, mi profesora de lengua y tutora en 1º de BUP, cambió mi vida.
Por aquel entonces yo estudiaba (o algo equivalente) en el Instituto de Bachillerato nº 7 de Oviedo, conocido como "El Cristo" por el barrio en el que estaba situado. No era un alumno especialmente brillante, ni motivado, aunque siempre sentí curiosidad por saber (afortunadamente). Aquel año fue muy duro. Mi situación familiar era complicada: éramos una familia de gallegos desplazados sin arraigo familiar en la región, mi padre cayó gravemente enfermo, y sufrió una convalecencia prolongada que terminó con sus fuerzas y con el ambiente familiar. Moriría un año después. En este punto no puedo dejar de citar a mi madre, la verdadera profesora que ha cambiado todos mis malos rumbos. ¡Qué mujeres han pasado por mi vida! Sin dejar de trabajar pudo con la muerte y pudo con la vida. ¡Eso es poder, ole su coño!
El caso es que con tal situación, catorce años, y un océano de dudas pude haber zozobrado fácilmente. Caí en una clase (si no recuerdo mal era 1ºB) un tanto complicada. Un elevado número de repetidores con pocas o ningunas ganas de permitir un desarrollo normal del proceso educativo, un centro que pronto sería desmantelado (por lo tanto no recibía apenas inversión), profesores agotados, agostados, sin ilusión. Y Fini. Recién llegada al centro. Ganas desbordantes. Fuerza y valor. Probablemente fue ella la que me regaló mi más preciado tesoro: saber que yo puedo. No recuerdo qué enseñaba con exactitud. No importa. Creo que los contenidos en estas etapas son accesorios, tienen que estar, pero hay que construir un ser. Eso sí importa. Y lo que sí recuerdo con todo el cariño del que soy capaz es su mirada: tierna, áspera, dulce, exigente, apremiante, paciente, cómplice; su sonrisa, franca, limpia, directa, justa, indulgente.
Aquel año fue muy duro, sí, pero Fini estuvo. Después he tenido magníficos profesores, profesores mediocres y burócratas insufribles. Tampoco quiero olvidarme de Carmen Becerra, mi otra luz, ya en la época universitaria.
Gracias, Fini. Cada día, cuando entro en mi aula y me pongo frente a mis alumnos, que tienen la edad que yo tenía entonces, y los miro, también tú los estás mirando. Cuando les hablo, también tu voz les llega.
Gracias por enseñarnos.
Tu alumno, y profesor de lengua,
Álvaro.