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jueves, 1 de diciembre de 2022

No debería, pero pasa

[El pasado 25N tuve conocimiento de una campaña de la Xunta de Galicia para prevenir la violencia de género. Sobra decir que la campaña, por ser educado, me pareció desafortunada. Siéndolo menos me atrevo a decir que es el dinero peor invertido de un departamento que temo no genere excesivo gasto en este gobierno. Sin serlo en absoluto me parece una campaña de una ligereza absurda que demuestra incomprensión o estupidez, y no sé qué prefiero. No me voy a posicionar políticamente (¿para qué?), pero sí cívicamente, humanamente, personalmente en las antípodas de lo que esta campaña muestra.

Cuando la vi me estremecí. Después, mientras mis alumnas y mis alumnos hacían un examen de literatura, me volví a estremecer e inmediatamente empecé a parir palabras que tuve que apuntar rápido, en la pizarra, con mis alumnas a la espalda, pensando en ellas muy muy fuerte.

Yo no quiero verlas caminar con miedo. Yo no quiero que me identifiquen como un peligro. En esta campaña están ambas situaciones, implícitas.

Mi imaginación maltrecha parió esto:]


No sueñes,
no respires,
no te atrevas a existir,
este mundo no es para ti.
La calle aúlla
y las bestias acechan
dispuestas a todo.
La noche avanza
y las pesadillas campan,
insomnes,
a sus anchas.
No muevas tus caderas,
vigila tu espalda,
huye,
derrapa.
Los ojos enfermos
de este mundo insano
te observan
y te juzgan.
No vueles,
no cantes
y sobre todo,
no te atrevas a existir.




lunes, 29 de mayo de 2017

UNA MAÑANA / UNA MAÑANA

[Texto armado/amado a dos manos con absoluta libertad, incansable regocijo y algo más que cariño sincero. Es un placer escribir cuando las palabras significan más que las palabras. Es un placer vivir cuando el aire huele a libertad. Es un placer soñar cuando no importa despertar. Disfrutémoslo.]

Las olas vienen y van, rompen todo a su antojo. Y no puedes prever lo que va a pasar.
La marea deja revuelto el fondo, tú no puedes respirar. Y la sensación de ahogo no te asusta, eso es lo que más miedo te da.

Te dejas llevar. Te dejas hacer. Nada puede ir ya a peor. De repente, una flor. La primavera. Nadie sabe cuando llega. No hay profecía que anuncie la primavera. Ni Guardia de la Mañana. Pero sucede. También a ti. Y, aunque sea un sueño, no es un sueño. Aunque sea mentira es Aletheia. La verdad más pura en vena. Una sobredosis de vida. Da vértigo, pero quieres otro chute.

Sin embargo, sabes que no es gratis. No será fácil volver a disfrutar del sol, del olor de las flores, del frío aliento del mar en tu cuerpo.
Tendrás que arriesgar la piel, tendrás que asomarte al abismo y resistirte a saltar, cuando de lo único que tienes ganas es de volar.
Tendrás que abrir de nuevo tu pecho y dejar que entre la luz, cuando tu corazón se había acostumbrado ya a la oscuridad.
Es tan sencillo dejarse llevar, no pensar, cerrar los ojos y dejar de respirar…

Te miras al espejo y descubres que habías olvidado dudar. Sonríes. El espejo está de buen humor últimamente. Dudas. Sonríes. Mecánicamente. La vida ya no huele tan mal, al fin y al cabo. Buen provecho, te dices. Y sonríes.
La inercia se ha ido. El deseo conquista el campo de batalla. La guerra nunca termina. Es momento de alzar nuestras copas y brindar sin mesura bajo el sol y la luna. Sonríes. Dudas. Vives.

Vives las dudas como si fueran verdad.
Y te dicen que sonrías, que todo pasa, que todo llega. Y les tienes que creer, porque la alternativa no es mejor. ¿O sí?
Y de pronto una mañana la duda ya no existe, la sonrisa no es forzada, las lágrimas hace días que no asoman.
Y esa mañana lo tienes todo claro. Sabes lo que has de hacer, sabes cuándo y a dónde has de ir. Sabes cómo tiene que ser el final.
¿Te vas a atrever? ¿Por fin vas a acabar con todo? ¿O, como siempre, en el último instante, vas a negarte la oportunidad?

De cualquier manera hay que comer. A regañadientes te vistes el uniforme de vivir y abandonas por un instante que sabe a eternidad el sueño inesperado que acabas de descubrir. Dejas el filo del abismo pensando que seguirá ahí cuando puedas volver, que ojalá siga, que tiene que seguir. Y dejas que el ritual se repita. Y comienzas a amar su liturgia. Después de todo, vivir es vivir.

Y cuando por fin te decides, vivir cobra un nuevo significado. Ya no es sólo respirar, comer y dormir.
De repente vivir también es soñar, oler, reír, jugar y bailar.
Los latidos de tu corazón ya no suenan mecánicos, suben y bajan, golpean en tu pecho de forma inesperada y descontrolada.
Tus ojos descubren una nueva realidad, más brillante, más colorida, más fácil de tragar.
Tu piel ya no se encoge con el frío del viento, lo disfruta. Descubres también el calor del sol. La piel de gallina surge a cada poco y ya no es tu enemiga.
Y de repente, vivir ya no cuesta, ya no pesa. Descubres lo que puede ser la felicidad.

Antes, una palabra tan hueca como tu pecho. Ahora, tan llena como tu pecho. Ironías del destino, ironías del carácter. Después de todo, ¿qué importa el mundo cuando de veras el mundo importa?
Sientes la vida recorrerte e inundarte. La piel vuelve a estar ahí, dispuesta; el estómago ávido y nervioso; las manos, interrogantes. Los ojos más abiertos que nunca incluso cuando los cierras en cada beso que hurtas a la cordura. ¡Viva esta locura! ¡Viva la vida!
No lamentas. No lloras (salvo en el cine). No preguntas. Ya no buscas soluciones ni conspiras en silencio contra Fortuna, neciamente. Das un paso. Respiras. Das otro paso. Sonríes. Uno más. Y sí. Quizá tropiezas. Quizá caes. Quizá. Pero sonríes. Al fin sabes. Te levantas, y vuelta a empezar.


por Arantxa Buján Márquez

y Álvaro Montoya Rodríguez

martes, 24 de mayo de 2016

Días de fútbol

Bienvenidos al mundo,
este es el instante pulcro y austero
en el que el silencio invade el silencio
y las argutendidas gasas se diluyen.

Aurea mediocritas.
Las estridencias se pagan,
dijo aquel que hilarante
brindaba con champagne
en cráneos abiertos.

No fingimos el dolor
cuando nos duele.
No fingimos el amor
cuando nos duele.

Quisimos ver rodar cabezas
y alzamos la voz,
y las palabras conjuradas
eran bellas e importantes.

Gritamos paz
y sonaron sus tambores de guerra,
gritamos luz
y encendieron todas las hogueras,
gritamos libertad
y tapiaron sus ventanas, nuestras puertas.

Beatus ille.
Dichoso aquel que se aleja
y se refugia en sus quehaceres,
alejado de penurias y gobierno,
y no piensa más que en santos
o futbolistas,
tanto monta, monta tanto.

Nos convencieron.
Siempre nos convencen.
Son los dueños de la palabra.
Sólo nuestras cabezas saben rodar.

Y ya no somos dueños ni del silencio
que nos nutre,
ni de los sueños bastardos
que el tiempo engulle.

martes, 8 de julio de 2014

Calles inhóspitas

Reconozco estas calles que nunca me acogen,
que se limitan a verme pasar,
inhóspitas y desdeñosas,
y permanecen inmóviles:

la avenida de la libertad
invadida por escaparates que venden cadenas,
regulada por semáforos, circulación alterna
que desemboca en un arco de triunfo
que rememora toda nuestra miseria;

la plaza de la república,
consagrada al poder absoluto de una idea,
de un tirano llamado pueblo
que agoniza y se malvende en una esquina,
como cualquier otro chapero;

la calle del deseo,
poblada de edificios sin portales,
de ventanas que gimen desconsuelo,
de canciones imposibles,
siempre ciega y sin salida;

la era de las tentaciones,
un territorio abierto y sin fin,
rico en vergeles de éxtasis,
urdimbres de sueño
y manantiales de redención;

el jardín de los corazones oxidados,
donde descansan las cenizas sin brasa
de un millón del mismo proyecto,
ejemplos de lo terca que es la vida,
y absurda;

la placita del poeta,
un rincón ajado, de otro tiempo,
visitado ocasionalmente por una paloma
que se rinde a la metáfora
y caga invariablemente;

la calle melancolía,
siempre a un triste y vulgar paso de la alegría,
aunque el verso no sea mío
sí lo es la desidia,
y repito sus palabras, las hago mías;

la plaza mayor,
el lugar ideal para sentirse pequeño,
y en la plaza de la catedral,
donde nada es trascendente
excepto la piedra.

Reconozco estas calles,
huello sus aceras desde siempre,
ellas me devuelven su extrañeza
y me recuerdan mi carácter extranjero,
yo no permanezco.