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viernes, 8 de marzo de 2024

Tatuaje

¿Quién quiere
vivir para siempre?
Has vivido suficiente
para intuir un precio
que algunos necios
confunden con la muerte.
La muerte solo duele
al que está vivo.
El precio es el dolor presente;
el amargo sabor del fracaso;
las promesas incumplidas;
las palabras ola
que nacieron rotas.
El precio es sentirse ausente,
un perfecto extraño
también extrañado,
casi un suicida.
En este camino
no hay baldosas
y si las hubiera
no serían amarillas,
sino toscas y grises,
vulgares
como nosotros.
Muere el horizonte
bajo el peso de un presente
plomizo,
y un silencio espeso
se impone.
Allá lejos se oye una campana
que huele a recuerdo,
que sabe a destino,
que cada tarde canta
su himno al olvido.
Solo existe el tiempo
detenido
bajo una copa
del revés.
¿Quién quiere
vivir para siempre?

miércoles, 13 de abril de 2022

Seguir siendo poeta

Si tuviera que despedirme ahora

no sabría por dónde empezar.

 

¿Cómo decir algo que importe

cuando el poema se dibuja

nítidamente

como una sucesión de silencios

encabalgados?

 

¿Cómo seguir siendo poeta?

 

Los amaneceres repiten su soniquete

tras otra noche de lujurias clandestinas

que no sacia soledades,

y cada mochuelo se retira a su olivo

con el estómago lleno

pero enfermo de vacío.

 

Los sueños languidecen 

cuando pierdes la memoria

y ya nada te sabe dulce;

cuando el presente se desdibuja

y vivir es un recuerdo

amargo que aturde.

 

No podemos volver atrás

y ser otros,

porque somos los que fuimos

para siempre,

apenas un instante

insulso y vano.

 

Todos los castillos acaban por derrumbarse,

asediados por la vida,

y los caminos otrora transitados

ofrecen un silencio sepulcral

y sendas que se desdibujan

entre pasto del recuerdo

y malas hierbas.

 

Nadie vive a salvo,

por mucho que se esmere,

de probar las dulces mieles de la derrota

y el desamparo.

Y todos danzaremos con la muerte,

más tarde,

o ahora.

 

Dios ha muerto

y descarto volver a verte,

sé que tus manos no volverán

a guiar mis pasos

vagamundos,

y en mi pecho hueco

no resonará tu voz.

 

¿Qué decir

cuando decir adiós no existe?

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Alzheimer

 Imagen de Marcos Severi (@severimarcos)

Recuerdo el olvido de mi padre. Recuerdo su mirada de cristal, transparente, vacía. Sus palabras sin significado se amontonaban, sin ton ni son, junto a mis recuerdos, y formaban un galimatías incomprensible. Yo lo observaba a menudo, parapetado tras un escudo de consciencia y razonamiento lógico. Y me preguntaba, ¿cómo será volver a la nada, regresar al vacío?

Cuando enfermó los síntomas eran sutiles, un olvido aquí, una palabra mal colocada allá, salir de paseo en zapatillas de andar por casa, o enfrentarse al desayuno por duplicado. Después, sin prisa pero sin pausa, la cosa fue a peor. El baúl de la memoria en el que tenía archivadas las palabras, los sentimientos, los sueños y deseos tenía que estar mellado, y por alguna grieta, por algún agujero, se iban escapando sus vivencias, sus desvelos, poco a poco. Y poco a poco su mirada primaveral se iba tornando invierno.

Tardó en morir. Quizá porque previamente tenía que olvidar todo lo vivido, y mi padre había vivido mucho y muy variado. Aniquilar anaqueles de memoria tan extensos no ha de ser tarea sencilla.

Primero olvidó el tiempo reciente, cosa que no le vino nada mal. Crisis y guerras, la muerte de la abuela, la hija díscola de mi hermana, el título de liga del Deportivo…

Sus recuerdos más lejanos debían de estar bien escondidos, esos permanecieron más tiempo anclados; de repente me hablaba de una novia de juventud, que evidentemente nada tenía que ver con mi madre, a la que probablemente quiso con locura; otro día el tema que surgía era cualquiera de las aventuras vividas junto al sargento “Muyayo”, un habitual en sus historias de la puta mili; o el imborrable recuerdo, repetido hasta la saciedad, de la tía Tití y sus horribles boles de gachas de avena, que mi padre comía con náuseas de niño, y que la tía, pensando que la alta velocidad en el proceso de zampado era por gusto, se empeñaba en rellenar invariablemente…

Pero incluso esos recuerdos tatuados empezaron a amarillear, a cuartearse y a pudrirse, hasta desaparecer.

Ahora me siento solo, y perdido, como un niño que apenas entiende nada del mundo que le rodea, pero que mira con inquisitiva curiosidad.

Naces, miras, aprendes. Hasta aquí todo se entiende, pero un día, súbitamente, olvidas, y el olvido es la muerte.

Me pregunto si yo también volveré a ser niño cuando envejezca.

jueves, 14 de julio de 2016

Todo es posible

Escúchame, pulsa aquí.

Consagrado a la imaginación
de un recuerdo,
sentado
y en silencio
me acaricio
ahogado en tu saliva.

Nadie intuye la soledad lúbrica
que te recrea
retocándote.

La muchedumbre asume la normalidad,
absurda, sórdida,
de las puertas cerradas,
y esboza una sonrisa,
cómplice.

Cierro los ojos y te observo,
entre sombras,
sinuosa,
haciendo tu voluntad,
que es mi voluntad.

Tu rostro caleidoscópico
refleja todos los deseos
que mojan un tiempo
que siempre se dilata,
que siempre se diluye.

Todo es posible,
si te pienso,
si te desnudo levemente,
si te pinto con el mundo por montera
exigiendo tu parte del botín,
ávida de mí,
con la boca entreabierta.

Todo es posible.
Tu eco aún reverbera.

viernes, 28 de agosto de 2015

Un hombre sin mujer

“Un buen día, de repente, te conviertes
en un hombre sin mujer”
Haruki Murakami



Las últimas luces de la noche apagan,
al son de los despertadores,
los sueños frágiles que sueñan
en silencio los insomnes.

Todo está bien. Todo fluye.
La luz inunda con su ruido la realidad.
El traqueteo de la vida brilla
y reparte suerte.
La poesía se esconde.

Abrir los ojos duele,
y ciega.
El amor no eran solo cuatro letras,
ni amar una metáfora.

La ventana abierta refleja el vacío
de un futuro inexorable,
pero invita a volar, invita a buscarte.

Por las calles de tu ausencia
los transeúntes divagan
y escriben historias
de hombres de hierro que vencen al tiempo
y mujeres de fuego que forjan el hierro.

Yo tengo el viento que agita tu recuerdo
como la bandera de una patria soñada,
de una tierra prometida.

miércoles, 5 de marzo de 2014

No hay romería...

a Pepa, el amor de mi vida
Cierra las persianas,
me gritan tus ojos entreabiertos.
Y yo solo encuentro lágrimas.

Tus manos secas,
acostumbradas al desamparo del cicerone anónimo,
se muestras torpes y sin luz,
incapaces de sostener el aire.
Tu boca antaño lisonjera
que era manantial de verbo exótico y dulce,
de la más sutil prudencia,
se agosta y escupe a penas estertores.

Yo habré de aprender la vida inhóspita del hijo malcriado,
enfrentado a la ausencia.
Me estrellaré contra el muro del recuerdo
para fundirme en él,
sin algarabías.

Ve cerrando las persianas,
susurras.

lunes, 12 de agosto de 2013

Intercambio


Pincha aquí para escuchar el poema

Todos los jueves son martes
desde que te has marchado,
y mi vida languidece
en un miércoles eterno
empeñado en consumirme.

Siempre las noches
se parecen en tu ausencia:
apenas un páramo
que invita al insomnio
y al sueño en vela.

Los días se suceden,
ávidos de doblar una esquina
y encontrarse con un viernes,
con un viernes azúcar,
con un viernes sal,
con un viernes tequila,
y dejarse vivir incendiados,
y perder el alma y el sentido,
y besarte
entre el ombligo y las rodillas.

Mis minutos perecen sin tu risa,
se suicidan uno a uno en procesión,
mi veneno es tu recuerdo,
tu veneno es mi poesía.