Mi cuerpo es mi patria,
una tierra seca e insumisa,
capacidad de amor o verbo,
alergia al ocultamiento.
Mi cuerpo colisiona con otros cuerpos:
las galaxias.
Hay cuerpos celestes,
cuerpos que brillan e inundan
de una luz germinal
los atónitos telescopios
que se afanan en escudriñar
fragmentos de tiempo,
fragmentos de nada.
Hay cuerpos inmóviles,
acechantes,
ávidos de palabras
que engullen hasta el último punto,
otro agujero negro.
Hay cuerpos mutantes,
híbridos,
medio minerales,
medio vegetales,
medio animales medio-pensantes.
Existen cuerpos como catedrales,
con sus cúpulas de oro, de mármol o vidriadas,
las columnas esbeltas rematadas en capiteles
de extraordinaria belleza, volutas, arquivoltas,
y en el centro un altar para arrodillarse,
y un órgano majestuoso para dar voz a la carne.
Existen cuerpos como cárceles,
cuerpos que sollozan sangre en silencio,
escondidos en sus cuevas,
y sueñan la libertad o la muerte.
Del choque a veces surgen destellos.
A menudo solo un eco.
Mi cuerpo es mi patria,
cada día lo mancillo,
golpe a golpe con él muero,
verso a verso con él vivo.