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viernes, 1 de noviembre de 2024

Difuntos propios

todos mis muertos renacen a diario
los que murieron
los que mataron
mientras yo vivo equidistante
rodeado de cadáveres
que me recuerdan
quién soy

apenas otro nombre
que tachar en una lista
de ausencias renovadas
estéril e inútil

porque todo fluye
porque nada permanece
salvo quizás
la estupidez
y
la arrogancia

solo los vivos pensamos en la muerte
¿pensarán los muertos en la vida
-apenas un instante fugaz
un breve fulgor-?
y si lo hacen
¿lo harán con nostalgia
o con desprecio?

no acabo de vencerme
ni acabo de rendirme
-ahora todavía-
e intento mantener la impostura
a base de metáforas
que nunca nadie entiende

y yo quería ser poeta
ser padre 
ser valiente
ser don Juan
-el de Torrente-
ser Quijote
y Sancho
y ser árbol
y pájaro
y ser persona
y no ser gente

verso suelto a voz en cuello
cantos de cisne
y acuarelas

ya no importa la muerte

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Alzheimer

 Imagen de Marcos Severi (@severimarcos)

Recuerdo el olvido de mi padre. Recuerdo su mirada de cristal, transparente, vacía. Sus palabras sin significado se amontonaban, sin ton ni son, junto a mis recuerdos, y formaban un galimatías incomprensible. Yo lo observaba a menudo, parapetado tras un escudo de consciencia y razonamiento lógico. Y me preguntaba, ¿cómo será volver a la nada, regresar al vacío?

Cuando enfermó los síntomas eran sutiles, un olvido aquí, una palabra mal colocada allá, salir de paseo en zapatillas de andar por casa, o enfrentarse al desayuno por duplicado. Después, sin prisa pero sin pausa, la cosa fue a peor. El baúl de la memoria en el que tenía archivadas las palabras, los sentimientos, los sueños y deseos tenía que estar mellado, y por alguna grieta, por algún agujero, se iban escapando sus vivencias, sus desvelos, poco a poco. Y poco a poco su mirada primaveral se iba tornando invierno.

Tardó en morir. Quizá porque previamente tenía que olvidar todo lo vivido, y mi padre había vivido mucho y muy variado. Aniquilar anaqueles de memoria tan extensos no ha de ser tarea sencilla.

Primero olvidó el tiempo reciente, cosa que no le vino nada mal. Crisis y guerras, la muerte de la abuela, la hija díscola de mi hermana, el título de liga del Deportivo…

Sus recuerdos más lejanos debían de estar bien escondidos, esos permanecieron más tiempo anclados; de repente me hablaba de una novia de juventud, que evidentemente nada tenía que ver con mi madre, a la que probablemente quiso con locura; otro día el tema que surgía era cualquiera de las aventuras vividas junto al sargento “Muyayo”, un habitual en sus historias de la puta mili; o el imborrable recuerdo, repetido hasta la saciedad, de la tía Tití y sus horribles boles de gachas de avena, que mi padre comía con náuseas de niño, y que la tía, pensando que la alta velocidad en el proceso de zampado era por gusto, se empeñaba en rellenar invariablemente…

Pero incluso esos recuerdos tatuados empezaron a amarillear, a cuartearse y a pudrirse, hasta desaparecer.

Ahora me siento solo, y perdido, como un niño que apenas entiende nada del mundo que le rodea, pero que mira con inquisitiva curiosidad.

Naces, miras, aprendes. Hasta aquí todo se entiende, pero un día, súbitamente, olvidas, y el olvido es la muerte.

Me pregunto si yo también volveré a ser niño cuando envejezca.

sábado, 15 de agosto de 2015

Palabras anoréxicas

Las nubes no dejan ver las estrellas,
que siguen ahí,
ajenas a tu mirada,
como si realmente no fuera con ellas.

Mis palabras anoréxicas ya no te tocan
y se convierten en piedra,
en epitafios de un amor escrito en sangre
y metáforas que no saben a nada.

No te equivoques,
no juzgo ni condeno.
Mi voz de barro se quiebra
si vislumbra tu derrota.
No corras más que el viento,
no olvides la memoria.

Yo nunca he sabido volar,
siempre me parto el alma y los besos
en pos de un quimérica odisea,
y dicen que soy maestro...
¡Yo qué voy a enseñar
si no sé ni decirte que te quiero!

Vendrán tiempos que no entenderemos,
el luto cada domingo,
vendrán los silencios eternos
y seremos nuestro propio castigo.

Yo no soy tu padre.
Tú no eres mi hijo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Sentencia de muerte

Eres hijo de tu padre,
lo llevas escrito en la cara y el alma,
igual que también tu padre era hijo de tu abuelo,
ad infinitum:
la misma mirada de hierro,
idénticas manos recias,
savia que da forma a la rama,
rama que nutre un tronco de esperanza vana.

La tierra que huellas te ofrece aliento,
y palabras,
cadenas de aire expirado,
disfraces para no ser lo que somos,
banderas huecas que enarbolar.

Solo el silencio de otro rostro frente a frente
roza, apenas, la verdad.
Una verdad que no puede ser dicha.

Ante tus pies, el abismo.
Ha de ser de este modo,
no existen los caminos,
todo el mar es lodo,
y enfangarse no es cosa de niños.

Aquello que nunca sucedió
ocurre de repente,
imposible,
inabarcable.
Y tú puedes elegir: volar o vivir.

Volar como un ave eternamente peregrina,
rozando apenas los árboles más altos,
mirando, desde arriba, objetivos de ponzoña
o vivir entre el veneno
y ser veneno mismo.

Nadie nos prevendrá de la muerte
y un solo juez asistirá a nuestro juicio,
agonizante.
Y su sentencia carecerá de sentido.