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lunes, 6 de noviembre de 2017

El cenicero

Todos nos negamos al sentir
y obramos milagros cada día:
saboreamos las hieles del Olimpo,
bendecimos herejías consistentes
e invertimos en masacres y en hogueras
porque sí,
reconociendo que
todo placer es culpa
y que
somos culpables irredentos.

Nadie huella tierra virgen
y el lenguaje ha perdido su magia,
ni misterio ni ministerio,
solo el líquido fluir de un desvarío
demasiado corriente,
demasiado torrente
para dejarse percibir
y no morir de deseo
cada vez más cerca de un silencio
que se atreve a admitir
su propia intrascendencia:
el ser
y el vacío.

La botella yace inerte
junto al cenicero
que desborda versos,
cenizas y sueños.


domingo, 25 de junio de 2017

Sábado, 24/06/17

El verano llama a la puerta
y, esta vez, decidimos recibirlo,
tú, con las piernas abiertas,
yo, con mi traje de idilio.

Esta noche de San Juan
ardimos en una hoguera
que no sabremos apagar
si soñamos que vivimos.

Hace calor,
el sol seca las dudas
y amanecemos abrazados,
ajenos al dolor,
expuestos a un dolor
que no se atreve a ser.

Vuelve a la cama conmigo esta noche
y deja que el tiempo
dibuje sus sueños,
sueños que diluyen el tiempo,
un tiempo que será siempre nuestro,
aunque el naufragio,
la parca,
el lamento,
acechen más allá del viento
que siempre desordena los destinos
pero forja carácter.

Esta noche,
como ayer,
abandonemos nuestros cuerpos al instinto
embriagados de luz,
a tientas,
enloquecidos.

El verano ha llegado
y por fin estamos vivos.

domingo, 23 de octubre de 2016

Los monstruos



Poco a poco, uno aprende a perder,
a conjurar la sonrisa
para no ahogarse en la pena,
a aprender a endurecerse,
a no dejarse querer.

Las derrotas se acumulan,
como el polvo
sobre una estantería vacía de trofeos
y de sueños
a la que procuras no mirar.

Las estrellas de pop languidecen,
junto con los futbolistas,
entre las raídas páginas de una carpeta ajada
que se pudre en un armario,
en un trastero,
esperando una mudanza,
una hoguera.

El amor era poesía,
apenas una moda adolescente
que pronto descubría su absurdo.
Un lenguaje ficticio.
Una herida abierta supurando
que duele como dos.

El amor era un contrato inquebrantable,
una palabra firme,
una mano tendida
a la que aferrarse,
cuando arrecia el temporal
y la niebla hechiza los caminos.

El amor era la excusa, nimia,
para no perder la custodia de nuestra esperanza,
para sobrevivir viviendo.

La soledad se impuso.
Llegó para henchir.
Se instaló.
Reveló todos los monstruos
y se fue,
dejando sólo vacío.

Ahora ya sabemos pisar
sin dejar huella.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Superstición



Clarividente,
el oráculo me anunció su profecía:
Tres vendrán que marcarán tu camino,
la primera con sangre,
la segunda con fuego,
la tercera, con la sal del olvido.
Y me fui,
con las manos en los bolsillos,
alérgico a dioses y profetas,
vestido de amarillo,
fumándome otro peta,
convencido de mi Carácter es destino.

Pero vino la sangre y me arrasó las venas,
me dejó vacío de certezas,
huérfano de sueños,
paria y apátrida,
un hijo bastardo de la hoguera
que muere en el recuerdo de una cama
miserable, oscura y enferma.
Y el hijo del fuego en fuego se quema,
despelleja el alma y enardece la locura,
se consume entre humo denso y amargura,
consciente y embargado por la pena.
Esa era la segunda.
¿Y si carácter no es destino?
¿Y si es solo azar?
Tirar los dados en el vacío
y siempre ser impar,
seres condenados al desvarío,
a deambular
hasta encontrar nuestra parcela de olvido,
nuestra estatua de sal.

El oráculo me lo dijo,
y yo iba vestido de amarillo.