Mostrando entradas con la etiqueta azar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta azar. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de octubre de 2016

Tracy Chapman


Los marcapáginas yacen
encima de la mesa,
mientras llora Tracy Chapman,
desprovistos de esperanza
lejos del amor
y lejos del azar.

La estampa es grotesca.
Los libros cerrados anuncian la muerte,
el triunfo del olvido.
Polvo eres y en polvo te convertirás,
profetizaban.
Ni eso.

Ahora hablaría de Heráclito,
pero no.
Mi palabra, mis sueños,
mi aliento y mi tiempo
importan,
no por palabra, aliento o tiempo,
que también,
mas por míos.

Mi palabra repetida con denuedo,
mis versos, que exudan apatía
y tristeza
pero ocultan pasión
por el hombre y su ruina,
por sus sueños y anhelos,
por tu vida y mi vida,
se abren paso,
a pesar de no pesar,
de no importar nada
de nada.

No trascendemos.
Nos rodea la tiranía de la felicidad.
Cómo ser genial en cinco pasos.
Cómo triunfar en cien recetas.
Cómo follar en cinco minutos.
Y gracias.

No me mires si no te vas a acercar.
No me leas si no te vas a mojar.
Háblame.
Siénteme.
O multiplícate por cero.

No voy a negar la impostura,
a estas alturas,
pero jugamos
o nos perdemos la partida.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Morir vivo

¿Has sondeado tus abismos?
Yo malgasté mi alegre primavera,
la edad de los sueños germinales,
en juegos de azar dónde la banca siempre gana:
perdí el nombre, la palabra y la memoria;
y la vergüenza, apostando a doble o nada.

¿Has conocido tus demonios?
La noche no dura eternamente,
los ojos que iluminan los futuros más negros
también terminan por apagarse
cuando la mañana irrumpe con su olor a rutina
y los barrenderos ocultan los cadáveres.

¿Aún conservas el aliento?
Digan lo que digan respirar es un lujo,
lo sabe quien se ha jugado el cuello,
y lo ha perdido:
cada bocanada es un estertor triunfante,
un beso en los labios del olvido.

Ni me alimenta perenne la victoria
ni en la derrota fundo mis anhelos,
benditos los que viven muertos,
yo prefiero morir vivo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Superstición



Clarividente,
el oráculo me anunció su profecía:
Tres vendrán que marcarán tu camino,
la primera con sangre,
la segunda con fuego,
la tercera, con la sal del olvido.
Y me fui,
con las manos en los bolsillos,
alérgico a dioses y profetas,
vestido de amarillo,
fumándome otro peta,
convencido de mi Carácter es destino.

Pero vino la sangre y me arrasó las venas,
me dejó vacío de certezas,
huérfano de sueños,
paria y apátrida,
un hijo bastardo de la hoguera
que muere en el recuerdo de una cama
miserable, oscura y enferma.
Y el hijo del fuego en fuego se quema,
despelleja el alma y enardece la locura,
se consume entre humo denso y amargura,
consciente y embargado por la pena.
Esa era la segunda.
¿Y si carácter no es destino?
¿Y si es solo azar?
Tirar los dados en el vacío
y siempre ser impar,
seres condenados al desvarío,
a deambular
hasta encontrar nuestra parcela de olvido,
nuestra estatua de sal.

El oráculo me lo dijo,
y yo iba vestido de amarillo.