Mostrando entradas con la etiqueta lenguaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lenguaje. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de noviembre de 2017

El cenicero

Todos nos negamos al sentir
y obramos milagros cada día:
saboreamos las hieles del Olimpo,
bendecimos herejías consistentes
e invertimos en masacres y en hogueras
porque sí,
reconociendo que
todo placer es culpa
y que
somos culpables irredentos.

Nadie huella tierra virgen
y el lenguaje ha perdido su magia,
ni misterio ni ministerio,
solo el líquido fluir de un desvarío
demasiado corriente,
demasiado torrente
para dejarse percibir
y no morir de deseo
cada vez más cerca de un silencio
que se atreve a admitir
su propia intrascendencia:
el ser
y el vacío.

La botella yace inerte
junto al cenicero
que desborda versos,
cenizas y sueños.


domingo, 23 de octubre de 2016

Los monstruos



Poco a poco, uno aprende a perder,
a conjurar la sonrisa
para no ahogarse en la pena,
a aprender a endurecerse,
a no dejarse querer.

Las derrotas se acumulan,
como el polvo
sobre una estantería vacía de trofeos
y de sueños
a la que procuras no mirar.

Las estrellas de pop languidecen,
junto con los futbolistas,
entre las raídas páginas de una carpeta ajada
que se pudre en un armario,
en un trastero,
esperando una mudanza,
una hoguera.

El amor era poesía,
apenas una moda adolescente
que pronto descubría su absurdo.
Un lenguaje ficticio.
Una herida abierta supurando
que duele como dos.

El amor era un contrato inquebrantable,
una palabra firme,
una mano tendida
a la que aferrarse,
cuando arrecia el temporal
y la niebla hechiza los caminos.

El amor era la excusa, nimia,
para no perder la custodia de nuestra esperanza,
para sobrevivir viviendo.

La soledad se impuso.
Llegó para henchir.
Se instaló.
Reveló todos los monstruos
y se fue,
dejando sólo vacío.

Ahora ya sabemos pisar
sin dejar huella.

domingo, 26 de junio de 2016

¿Por qué el lenguaje?

[Texto incluido en un examen de recuperación de lengua para alumnos de un nivel de 3ºESO. Espero que os guste.]

“Aprender a leer es lo más importante
que me ha pasado en la vida.”
Mario Vargas-Llosa

¿Por qué el lenguaje?

Supongo que si estamos aquí, vosotros y yo, es porque no he sabido mostraros la importancia de lo que nos llevamos entre manos. Lo intentaré nuevamente.
El colegio es un coñazo. Bueno, puede serlo con la actitud inadecuada, lo admito. Pero a veces me parece observar en vosotros cierta repulsión a aprender o, hablando con propiedad, cierta repulsión a aprender lo que os imponen. Os aseguro que lo comprendo. Voy a contaros un cuento.
Érase una vez, en un colegio no muy lejano, un niño que no entendía el porqué de seguir la línea de puntos si el lápiz quería seguir por otro camino; el porqué de aprenderse los nombres de lugares lejanos que apenas escuchamos por un terremoto, una plaga, una hambruna…; el porqué de una raíz cuadrada sin cuadrado que parece un triángulo; el porqué del sintagma, la metáfora, el suplemento, la derivación denominal.
Él iba al colegio. Sin más. Sin entender nada de nada, lo fueron dejando atrás. Él sabía que no era tonto, solo le interesaban otras cosas. Le gustaba leer. Leía y leía. Todo lo demás le daba casi igual.
Claro, su madre no opinaba lo mismo, y a fuerza de intransigencia y amor (el que se ofrece con la escoba o la zapatilla) fue logrando que al menos, aprobara. ¿Aprobar? ¿Qué significa aprobar? Aprobar no significa nada, es solo un visto bueno, pero a él le demostraba que podía, aunque no le interesara realmente.
Un año, ya en el instituto y tras varios derrapes, tuvo la gran suerte de toparse con una profesora que le hizo ver cosas que no sospechaba, y con un profesor que le hizo ver otras que sí sospechaba. Se le encendió una luz. Todo es una gran mentira, pensó, una preciosa y enorme mentira por amor. Merece la pena descubrirla.
Ella era profesora de lengua. Serafina, Fini para los amigos. Cierto día empezó a hablar con poca coordinación, a intercalar palabras sin sentido, a de inventaba el acuciante retrovisor hasta vencido unas perdigones implorábamos un poco de cordura. Se trataba de eso, de ponerse de acuerdo para entenderse lo mejor posible. Eso sí lo podía comprender. Si todo era un acuerdo se podía explicar viajando hacia atrás, buceando en el tiempo.
Él era profesor de filosofía, y supo poner en valor la cultura dudando de la cultura, oculto tras una corbata oscura y una barba densa e impoluta. Nunca recordó su nombre, solo sus palabras, afiladas como dagas.
Todo lo demás, apenas nada.
Como le gustaba leer, y pensar, y dudar un día cogió interés (agradeció entonces la escoba y la zapatilla). No por destacar, no por un futuro (que no existe), si no por el deseo ferviente de evitar que le engañasen, de evitar ser un don nadie y preferir ser un cualquiera, uno de esos que se entera, de los que jode porque sabe.
Se dio cuenta que vivía en un mundo de palabras: instrucciones, prospectos, cartas de un restaurante —o peor aún, de un banco—, letras de canciones, o versos que hacían que las chicas se dejaran besar. Esa fue su excusa.
Después, como siempre, descubrió otros mundos que no hubiera imaginado jamás y entendió cosas incomprensibles, muchos “¿Para qué sirve…?”, y el precio injusto de algunas justicias. “Quizá no recuerdes los ríos de España a los treinta, pero necesitarás haber aprendido a memorizar con eficacia si tienes un bar y necesitas realizar un pedido, o recordar una lista de morosos; quizá no recuerdes cómo hallar una estadística pero resultaría interesante que supieras que el veinte por ciento de mil pavos, con suerte, no son trescientos euros; quizá no necesites a Quevedo, pero resulta útil que no te tomen por oligofrénico…” solía decir un profesor de la universidad a sus alumnos recién llegados: “Lo más importante de lo que habéis aprendido es aprender a pensar, a querer y a soñar.”
Para esto, se dijo, para esto hay que saber hablar.

Con este pequeño cuento quiero decir que cada uno tiene que encontrar su motivo para dejarse convencer y dudar, para dejar el papel de víctima y empezar a ser alguien, para seguir dando pasos adelante, para coger un camino y no excusarse.

sábado, 31 de marzo de 2012

El lenguaje significativo

Cientos de caminantes desparramados por la ciudad
observados por oleadas de uniformes intrascendentes,
proclaman el último grito:
el último grito es el Grito.
Caminan deslumbrados casi a tientas siguiendo su estrella,
una luz fugaz como otra cualquiera,
un motivo de esperanza,
otra respiración más.

Los susurros recorren iracundos las avenidas,
derrapando en cada curva cerrada,
reivindicándose, tomando consistencia,
de repente un ejército de ruido,
incesante, martilleante como un corazón en llamas,
que sucumbe, una vez y otra,
ante el inexorable silencio de la Historia.

Apenas los gemidos permanecen,
una constante,
gemidos de dolor y odio,
de placer y sexo y dicha,
gemidos de peligro
y sollozos que son gemidos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Motivos del desvarío

Escribo poesía por pereza,
para clavar el dedo en la llaga me sobran quince versos,
mi tratado de filosofía se reduce a una hipérbole y un hipérbaton,
dos retruécanos y la impostura.
Las palabras no son tan ligeras,
las palabras ocupan tiempo,
valen lo que el aliento vale:
nada si necio, todo en un momento.
Palabras como cantos de pájaro en época de celo,
como ruidos de parto,
como rumor de pinos,
como olas rompiendo.
Toda mi voz no es más que un instante,
un grano fugaz de arena en un desierto inabarcable,
un canto de sirena, apenas una leyenda de existencia incierta.
Escribo poesía para existir, para no olvidar quién soy.

domingo, 18 de marzo de 2012

Proceso de escritura


Equilibrante despropósito amanerado,
un modo ecuánime de enjuagar con las palabras,
absurdas e inconexas retahilas de letras
que soslayan o evidencian la agonía.
La absoluta carencia de sentido
que no salva ni el sexo pendenciero
ni la fe quebrantada ni la ciencia del viento,
la condena a vida del que piensa.
Un vómito que escupe lo que cuenta
y se desvanece como un suspiro de tiempo
en un mar eterno y etéreo,
un océano vacío.
No hay monstruos más allá del espejo.

jueves, 23 de febrero de 2012

3ª persona, plural

Has caminado un millón o más de kilómetros
sin ceder al desaliento y a la fatiga,
sin descanso buscando caminos
que no se dirigieran siempre a Roma.

Han construido puentes y levantado muros
para perseguirse o esconderse,
según sople el viento,
según bata la marea.

Puentes que cruzar sin orgullo siempre a pie,
muros para escribir verdades o partirse la crisma,
latidos de humanidad.
Inmisericordes.

Has escrito versos y palabras como humo,
como hollín de chimenea,
palabras arrancadas a la garganta,
rojas de sangre, negras de brea.

Han nombrado el mundo,
un millón o más de nombres que se ensartan,
se recrean y enlazan, en un baile erótico
de sueños disfrazados de sabiduría.

Nombres para desnudar y vestir,
nombres para blandir y esgrimir,
metáforas de la muerte.
Respiraciones.

Has descubierto el vacío
que se oculta tras la nada.

Bienvenido a la tercera persona del plural.