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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Autodeterminación



Las calles reverberan
y un ruido de bocas que susurran,
de miradas que sospechan,
se apropia del silencio.
Las estatuas, inermes
en sus pedestales,
tiemblan de miedo.
El aire huele a sangre.
Las banderas ondean
al son de los alientos
que cantan alegres
canciones de guerra.
Los poetas huyen,
espantados.

El enemigo es el otro.
El otro es culpable.
El otro no soy yo.

Observo el gentío,
escucho sus gritos.

Quizá sí haya que tomar partido
y autodeterminarse
contra viento y marea
a vivir en un tercero,
a soñar con ser distinto
y decirle al mundo entero
que carácter es destino.

No tengo más patria
que el suelo que piso.
Yo me quedo en mi casa.
Yo me quedo contigo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Preguntas que importan (y no importan)

Escúchame pulsando aquí.

Cuando respiro, respiro,
y no me harto.
Y sí, algo marcha mal,
los amaneceres hieden a obituario,
la esperanza huye,
la candidez deserta.

Apenas ayer soñábamos
escribir los versos más tristes,
más endiabladamente tiernos,
y dulces,
y austeros.
Y no.

Los versos que soñamos
también son de agua,
también son de aire,
se exhalan
y se olvidan.

Para que otras calles
bendigan tu nombre
yo invoco mi silencio,
una ausencia equidistante
y suicida.

Sabemos remendar la historia con un lápiz.
Sabemos vender simulacros.

Lo que nunca pudimos siquiera imaginar
es este a pesar de todo,
este ansia que no cesa,
el instante, insignificante y absurdo,
que media entre el amor y el odio.

No importan las preguntas
si no seducen las respuestas,
en cambio,
si nos seducen las respuestas,
poco importan las preguntas.

Sé que respiro.
Y no me harto.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El caracol

Dicen que el mundo se creó,
pero no es cierto,
el mundo se crea,
sin motivo aparente.

Sálvese quien pueda.
No.
Nadie puede.
No nos engañemos.

Mi mundo cabe en mis ojos
y en mi boca,
y en mis manos que tocan,
cuando me embargo,
por primera vez el mar
y se estremecen.

Mi mundo son imágenes dispersas:

calles de barro que huelen a mierda
y trinos de golondrina bajo los tejados,
pantanos de júbilo estancado;

calles de hierro resbaladizas y saladas,
las putas del puerto y la cruz de pillar,
adolescentes imberbes buscando argumentos
para una buena novela con mal final;

calles de piedra pulida por el oro y por el tiempo,
la libertad vendida al mejor postor
y un pobre pidiendo limosna en cada esquina,
¡viva la república! (sea lo que sea)

Mi mundo son voces que sonaron
o que suenan:

el tanguista de tangar, con su mano dispuesta,
el que me regaló un porqué y lo escribo;

la diosa de todas mis plegarias,
el compañero fiel y hermano,
los amigos, las parejas,
las que no son, las que serán, las que han sido;

las que dicen En un lugar de la mancha
Donde habita el olvido
No me gustas cuando callas
pero hay que haberlo vivido,
para contarlo.

Mi mundo me lo llevo a cuestas,
como un caracol
preso de sí mismo,
absorto en su quimera,
y cuando muera
conmigo morirán mis amores y recuerdos,
mi mundo y su torpeza.


martes, 8 de julio de 2014

Calles inhóspitas

Reconozco estas calles que nunca me acogen,
que se limitan a verme pasar,
inhóspitas y desdeñosas,
y permanecen inmóviles:

la avenida de la libertad
invadida por escaparates que venden cadenas,
regulada por semáforos, circulación alterna
que desemboca en un arco de triunfo
que rememora toda nuestra miseria;

la plaza de la república,
consagrada al poder absoluto de una idea,
de un tirano llamado pueblo
que agoniza y se malvende en una esquina,
como cualquier otro chapero;

la calle del deseo,
poblada de edificios sin portales,
de ventanas que gimen desconsuelo,
de canciones imposibles,
siempre ciega y sin salida;

la era de las tentaciones,
un territorio abierto y sin fin,
rico en vergeles de éxtasis,
urdimbres de sueño
y manantiales de redención;

el jardín de los corazones oxidados,
donde descansan las cenizas sin brasa
de un millón del mismo proyecto,
ejemplos de lo terca que es la vida,
y absurda;

la placita del poeta,
un rincón ajado, de otro tiempo,
visitado ocasionalmente por una paloma
que se rinde a la metáfora
y caga invariablemente;

la calle melancolía,
siempre a un triste y vulgar paso de la alegría,
aunque el verso no sea mío
sí lo es la desidia,
y repito sus palabras, las hago mías;

la plaza mayor,
el lugar ideal para sentirse pequeño,
y en la plaza de la catedral,
donde nada es trascendente
excepto la piedra.

Reconozco estas calles,
huello sus aceras desde siempre,
ellas me devuelven su extrañeza
y me recuerdan mi carácter extranjero,
yo no permanezco.

domingo, 2 de febrero de 2014

Estampa urbana

Las calles ya no son las mismas,
han talado el árbol que trepaba tu infancia,
los jardines se avergüenzan vallados
y engordan los centros comerciales.
El puesto de castañas asadas sobrevive amenazado,
también la puta de la esquina
y la inquina esquiva de tus conciudadanos.
Los autos locos derrapan
temerosos de los viandantes que observan al acecho,
con el cuchillo entre las fauces.
La luminaria deslumbra y desorienta,
regala sombras propicias al desamparo,
a perder el alma y la sonrisa.
Deambulas casi ajeno.
Sin apenas rumbo.
Te pierdes.
Piensas en Heráclito y naufragas:
nada fluye, nada permanece.
Todo es tormenta.
Todo es tormento.
Otra estampa urbana que cercena.