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miércoles, 25 de abril de 2018

¿Qué pasa si descubres un espejo?

No eres propiamente tú
quien te observa al otro lado
(¿de dónde? ¿de qué?)
y piensa entenderte/se.
Observas y te observan
sin necesidad de ocultamiento,
desnudo ante ti,
sin excusas.
Ahora ya sabes quién eres.
(¿Sabes ya ahora quién eres?)
Buscas palabras 
que engendran un silencio
frío y equidistante,
cordial e ingenuo.
Te hinchas o te encoges,
tanto da.
No hay juicio que te sostenga.
No hay asideros.
Tú y tu vergüenza
(la extrema soledad)
compartiendo nada.
Miras más allá
y te estrellas.

sábado, 11 de marzo de 2017

Barbie de trottoir



Te veo desfilar,
contonear esas caderas
encandilando miradas
por la pasarela del olvido,
como una barbie de trottoir.

Nadie sospecha tu vacío,
tus ganas de volar
tras cualquier sueño desvencijado,
que no sepa a pesadilla,
que no huela a insomnio.

El rimmel no oculta las heridas
que supuran hacia adentro.
Los flashes mutilan.
Tus bragas se subastan
y tú solo quieres llorar.

No son las niñas las que observan,
son los niños de cualquier edad,
ebrios de deseo,
enfermos de soledad,
dispuestos a perder un alma,
dispuestos a morir y matar.

Cierras los ojos. Abres las piernas.
Vivir es caro si quieres soñar.
Las excusas huelen a rancio,
saben a viejo,
y has olvidado el verbo amar.

domingo, 26 de junio de 2016

¿Por qué el lenguaje?

[Texto incluido en un examen de recuperación de lengua para alumnos de un nivel de 3ºESO. Espero que os guste.]

“Aprender a leer es lo más importante
que me ha pasado en la vida.”
Mario Vargas-Llosa

¿Por qué el lenguaje?

Supongo que si estamos aquí, vosotros y yo, es porque no he sabido mostraros la importancia de lo que nos llevamos entre manos. Lo intentaré nuevamente.
El colegio es un coñazo. Bueno, puede serlo con la actitud inadecuada, lo admito. Pero a veces me parece observar en vosotros cierta repulsión a aprender o, hablando con propiedad, cierta repulsión a aprender lo que os imponen. Os aseguro que lo comprendo. Voy a contaros un cuento.
Érase una vez, en un colegio no muy lejano, un niño que no entendía el porqué de seguir la línea de puntos si el lápiz quería seguir por otro camino; el porqué de aprenderse los nombres de lugares lejanos que apenas escuchamos por un terremoto, una plaga, una hambruna…; el porqué de una raíz cuadrada sin cuadrado que parece un triángulo; el porqué del sintagma, la metáfora, el suplemento, la derivación denominal.
Él iba al colegio. Sin más. Sin entender nada de nada, lo fueron dejando atrás. Él sabía que no era tonto, solo le interesaban otras cosas. Le gustaba leer. Leía y leía. Todo lo demás le daba casi igual.
Claro, su madre no opinaba lo mismo, y a fuerza de intransigencia y amor (el que se ofrece con la escoba o la zapatilla) fue logrando que al menos, aprobara. ¿Aprobar? ¿Qué significa aprobar? Aprobar no significa nada, es solo un visto bueno, pero a él le demostraba que podía, aunque no le interesara realmente.
Un año, ya en el instituto y tras varios derrapes, tuvo la gran suerte de toparse con una profesora que le hizo ver cosas que no sospechaba, y con un profesor que le hizo ver otras que sí sospechaba. Se le encendió una luz. Todo es una gran mentira, pensó, una preciosa y enorme mentira por amor. Merece la pena descubrirla.
Ella era profesora de lengua. Serafina, Fini para los amigos. Cierto día empezó a hablar con poca coordinación, a intercalar palabras sin sentido, a de inventaba el acuciante retrovisor hasta vencido unas perdigones implorábamos un poco de cordura. Se trataba de eso, de ponerse de acuerdo para entenderse lo mejor posible. Eso sí lo podía comprender. Si todo era un acuerdo se podía explicar viajando hacia atrás, buceando en el tiempo.
Él era profesor de filosofía, y supo poner en valor la cultura dudando de la cultura, oculto tras una corbata oscura y una barba densa e impoluta. Nunca recordó su nombre, solo sus palabras, afiladas como dagas.
Todo lo demás, apenas nada.
Como le gustaba leer, y pensar, y dudar un día cogió interés (agradeció entonces la escoba y la zapatilla). No por destacar, no por un futuro (que no existe), si no por el deseo ferviente de evitar que le engañasen, de evitar ser un don nadie y preferir ser un cualquiera, uno de esos que se entera, de los que jode porque sabe.
Se dio cuenta que vivía en un mundo de palabras: instrucciones, prospectos, cartas de un restaurante —o peor aún, de un banco—, letras de canciones, o versos que hacían que las chicas se dejaran besar. Esa fue su excusa.
Después, como siempre, descubrió otros mundos que no hubiera imaginado jamás y entendió cosas incomprensibles, muchos “¿Para qué sirve…?”, y el precio injusto de algunas justicias. “Quizá no recuerdes los ríos de España a los treinta, pero necesitarás haber aprendido a memorizar con eficacia si tienes un bar y necesitas realizar un pedido, o recordar una lista de morosos; quizá no recuerdes cómo hallar una estadística pero resultaría interesante que supieras que el veinte por ciento de mil pavos, con suerte, no son trescientos euros; quizá no necesites a Quevedo, pero resulta útil que no te tomen por oligofrénico…” solía decir un profesor de la universidad a sus alumnos recién llegados: “Lo más importante de lo que habéis aprendido es aprender a pensar, a querer y a soñar.”
Para esto, se dijo, para esto hay que saber hablar.

Con este pequeño cuento quiero decir que cada uno tiene que encontrar su motivo para dejarse convencer y dudar, para dejar el papel de víctima y empezar a ser alguien, para seguir dando pasos adelante, para coger un camino y no excusarse.

jueves, 21 de marzo de 2013

Exiguo presente


Errar impenitente por los arrabales de la cordura,
como un ave eternamente peregrina,
esquivando espejos,
rompiendo espejos,
vomitando dolor a borbotones,
enajenando miradas,
se antoja un motivo insuficiente.
La huida solo ofrece agua salada,
y estoy sediento.
El pasado funda flores de luto,
tempus fugit,
locus eremus y amoenus se confunden,
y mi casa huele a cementerio.
El futuro es un espejismo certero,
un reflejo anonadado,
el recuerdo de un recuerdo.
No tengo excusas,
ni razones ni razón,
solo la rutina alimenta mis versos,
manidos e insignificantes.