Mostrando entradas con la etiqueta fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fe. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de septiembre de 2025

Un acto de fe

No me creas 

si te digo

que fuiste la primera,

que no respiro

si me alejo

de tu vera,

que sin ti

siempre es domingo

y que tu nombre

me sabe a primavera.

 

No me creas

cuando callo

y te observo quedamente

resistiendo

el impulso de poesía

paladeando una imagen

imposible

que vale mucho más

que mil palabras.

 

No me creas

cuando lea tus arrugas,

tus canas,

tus secretos duermevela,

cuando invente una metáfora

que anonade

a la nada

con su verdad en vena.

 

No me creas

si pronuncio

sí, quiero,

ni me creas

si te niego, te niego, te niego,

si lloro sin motivo,

si me pierdo entre tu pelo.

 

Después de todo

conviene saber

que escribir es un acto de fe,

que vivir es un acto de fe.

viernes, 26 de febrero de 2016

Hijos del absurdo

Resbala el tiempo poco a poco
por un rostro
que ya no se queja
ni se pudre,
permanencia de aire
y de nieve
elevada al altar
iridiscente de la decadencia,
absurdos impenetrables
que nos definen.
Mientras tanto nada parece
muy importante
salvo
quizá
una inanición mesiánica
la víspera de la parca,
un sonámbulo deseo
de vacío que redima.

El fulgor fue tan efímero
como las sombras
que destila el silencio,
tan terco como la nada.

Ni supimos ni pudimos ser mejores,
y realmente nos dio igual.

Ya apostamos, y perdimos.
Sedujimos la impostura
malversando nuestra exigua dosis de fe,
y sólo atendemos besar el olvido.

martes, 3 de marzo de 2015

Cuestión de fe

En los ignotos tiempos del edén
no sabíamos correr ni sabíamos gritar,
todo era incomprensible y fácil,
una excusa para dios.

Aprender la desbarbarie es duro e infructuoso,
una empresa para héroes que nunca existieron
más allá de nuestra imaginación
estrecha o maltrecha,
ducha en impostura.

Las palabras son solo excusas,
y se diluyen escas de sent,
se alejan
y se acercan
y mueren de inanición.
Como las gargantas y los sueños.

No sabemos correr porque no hay lugar adónde huir
cuando se escapa de uno mismo;
no quisimos aprender a gritar
para no escuchar el eco de la miseria que nos alimenta.
Observamos atónitos.
Parasitamos atónitos.
Aniquilamos atónitos.

Y de repente, sin aviso previo,
retorna la fe y nos cerca,
clamando venganza.

Y atónitos regresamos al redil.