En los ignotos tiempos del edén
no sabíamos correr ni sabíamos gritar,
todo era incomprensible y fácil,
una excusa para dios.
Aprender la desbarbarie es duro e
infructuoso,
una empresa para héroes que nunca
existieron
más allá de nuestra imaginación
estrecha o maltrecha,
ducha en impostura.
Las palabras son solo excusas,
y se diluyen escas de sent,
se alejan
y se
acercan
y mueren de inanición.
Como las gargantas y los sueños.
No sabemos correr porque no hay lugar
adónde huir
cuando se escapa de uno mismo;
no quisimos aprender a gritar
para no escuchar el eco de la miseria que
nos alimenta.
Observamos atónitos.
Parasitamos atónitos.
Aniquilamos atónitos.
Y de repente, sin aviso previo,
retorna la fe y nos cerca,
clamando venganza.
Y atónitos regresamos al redil.