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martes, 27 de marzo de 2018

La batalla

Lázaro, levántate y anda,
que la muerte
no le gane a la vida
esta batalla.
Terribles son los desiertos que cruzamos
persiguiendo espejismos 
sin un buen beso que humedezca la boca,
que redima la existencia.
Funestos los naufragios
en aguas siempre gélidas
persiguiendo sirenas
que te comen el alma
y te comen las ganas.
Paisajes invernales
que ofrecen silencio
y un amplio abanico de metáforas
para pintar otro fracaso
que huela a obra maestra.
Sin embargo, 
no sabemos morir.
Permanecemos extáticos
buscando una caricia,
ese recuerdo imaginado,
la palabra de aquel poeta.
Nos aferramos a un tal vez
y boqueamos.
Nos inventamos un tal vez
y respiramos.
Lázaro, no claudiques de viejo,
no empeñes la pluma,
no firmes la baja.
Al fin y al cabo,
no sabemos morir.

jueves, 10 de julio de 2014

El andén II

Los niños se despiertan abrumados de terror,
empapados de frío y de angustia,
y no comprenden nada más allá de una caricia.
Pero nosotros ya no somos niños
y las caricias van siendo poco a poco ausencias,
recuerdos ajados.
Todos los trenes se pierden
cuando olvidamos que somos maquinistas
y nos vestimos de pasajero anónimo,
sentado sobre una maleta demasiado pesada,
llorando a solas en un andén,
sin destino aparente.
Baste saber que las vías no conducen a ninguna parte,
que el origen y la meta son dos espejismos de la misma ilusión,
que los macutos rebosan piedra y agua
para levantarse y andar,
como lázaro,
ni ciegos por el brillo de un términus universal,
ni esclavos de un pasado que exige cuentas al olvido,
simplemente vivos,
enfermos de presente,
empantanados,
exiguos.