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martes, 23 de enero de 2018

Fini

Supongo que ella no lo sabrá nunca, porque no recuerdo ni su nombre completo, pero Fini, Serafina, mi profesora de lengua y tutora en 1º de BUP, cambió mi vida.
Por aquel entonces yo estudiaba (o algo equivalente) en el Instituto de Bachillerato nº 7 de Oviedo, conocido como "El Cristo" por el barrio en el que estaba situado. No era un alumno especialmente brillante, ni motivado, aunque siempre sentí curiosidad por saber (afortunadamente). Aquel año fue muy duro. Mi situación familiar era complicada: éramos una familia de gallegos desplazados sin arraigo familiar en la región, mi padre cayó gravemente enfermo, y sufrió una convalecencia prolongada que terminó con sus fuerzas y con el ambiente familiar. Moriría un año después. En este punto no puedo dejar de citar a mi madre, la verdadera profesora que ha cambiado todos mis malos rumbos. ¡Qué mujeres han pasado por mi vida! Sin dejar de trabajar pudo con la muerte y pudo con la vida. ¡Eso es poder, ole su coño!
El caso es que con tal situación, catorce años, y un océano de dudas pude haber zozobrado fácilmente. Caí en una clase (si no recuerdo mal era 1ºB) un tanto complicada. Un elevado número de repetidores con pocas o ningunas ganas de permitir un desarrollo normal del proceso educativo, un centro que pronto sería desmantelado (por lo tanto no recibía apenas inversión), profesores agotados, agostados, sin ilusión. Y Fini. Recién llegada al centro. Ganas desbordantes. Fuerza y valor. Probablemente fue ella la que me regaló mi más preciado tesoro: saber que yo puedo. No recuerdo qué enseñaba con exactitud. No importa. Creo que los contenidos en estas etapas son accesorios, tienen que estar, pero hay que construir un ser. Eso sí importa. Y lo que sí recuerdo con todo el cariño del que soy capaz es su mirada: tierna, áspera, dulce, exigente, apremiante, paciente, cómplice; su sonrisa, franca, limpia, directa, justa, indulgente.
Aquel año fue muy duro, sí, pero Fini estuvo. Después he tenido magníficos profesores, profesores mediocres y burócratas insufribles. Tampoco quiero olvidarme de Carmen Becerra, mi otra luz, ya en la época universitaria.
Gracias, Fini. Cada día, cuando entro en mi aula y me pongo frente a mis alumnos, que tienen la edad que yo tenía entonces, y los miro, también tú los estás mirando. Cuando les hablo, también tu voz les llega.
Gracias por enseñarnos.
Tu alumno, y profesor de lengua,
Álvaro.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Gerónimo

Me acerco a tu cuerpo sigiloso,
como una fiera
que saborea ya
los cálidos jugos de su presa,
embargada por el dulce aroma
del instante fugaz
que se derrama por mi boca.
Estás ahí.
Mi lengua te intuye,
mi boca te invoca,
mis manos te urden.
Felina, desarmada, me recibes
y todas las palabras,
parapetos inservibles,
se me antojan superfluas.
De todos modos, vivimos para morir.
Gerónimo.
Si ganar es perder, perdamos.
Perdamos a tumba abierta,
perdamos a cara descubierta.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Sueños lúbricos

La conocí hace mucho tiempo. Aquel era otro mundo, y nosotros éramos también otros. Por aquel entonces yo aún creía que podría comerme el universo de un bocado, y ella, ella salía con un buen amigo.
Ha llovido mucho. Vivimos en una tierra húmeda.
Resulta curioso cómo algunas personas desaparecen sin dejar apenas rastro. Un día dejas de verlas, y dejan de existir, se esfuman. En cambio otras se hacen recurrentes en la ausencia, aparecen en los lugares más insospechados, te guiñan un ojo, y se van, pero no se borran, dejan un íntimo e inexplicable convencimiento de que no será imposible lo improbable. Y te hacen sonreír.
Ella pertenece a esta segunda categoría. Nuestras miradas siempre tendieron a encontrarse. Sin maldad. Sin remedio.
Ayer la volví a invitar a cenar. Se excusó.
De cualquier modo no era el hambre lo que me empujaba.
La soledad y la noche permiten cambiar las reglas.
Cuando entró, la puerta estaba absurdamente abierta, sonaba música suave, tupida y aterciopelada. No hacía falta disimular. Nuestros cuerpos nos delatan. Ella comenzó a hablar, áspera y sentimental, a encandilarme con su lengua saltarina y revoltosa, a llevarme de aquí para allá, siguiendo el movimiento de sus manos, esperando el roce nimio, el contacto tibio de su cuerpo contra el mío. Y llegó. Su mano se detuvo dulcemente en mi antebrazo, despacio, como un ascua que no quema. Sobraba la palabra, pero la lengua se desbocó. Un beso casi olvidado de tanto manosearlo se reveló insignificante. No hay droga mejor que la luna.
Nuestras bocas ardían e intentábamos ahogarlas en saliva, que manaba y acababa derramándose, de puro placer. Mis dedos buscaban desesperados su piel, ávidos de leer una historia que nunca ha sido suya, ávidos de escribir. Su ropa pronto acariciaba la mía, en el suelo de una habitación desconocida y desdibujada. Importaban sólo nuestros cuerpos. Imploré el silencio de los cielos al construir mi propio infierno. Nunca la fe ha alentado mis pasos, pero creo en ti y creo en tu cuerpo, me descubrí blasfemando ante sus senos. No hay más arte que encontrarte. Mis manos trazaban caminos inexplorados que luego recorrería mi lengua, en pos del conocimiento fundado de la fuente del placer y de la vida. Su cuerpo. Su cuerpo. Tan alejado de la perfección que rozaba lo sublime. Una encrucijada dónde convergen todos los caminos, una pregunta para todas las respuestas. Una patria.
Ella permanecía expectante, entreabierta, ajena a las excusas y al propio tiempo diluido. Yo susurraba verdades en silencio, y me dejaba observar mientras tallaba esculturas de aire comprimido, mientras besaba sus labios y bebía sus secretos.
Si el arte fuera arte sería esto. Sus manos sujetaban mi cabeza como se sujeta un violín de Stradivari y un concierto de música imposible surgía de mi lengua entre sus piernas. Alea iacta est, sentía palpitante. Carpe diem y a volar.
Después llegó la entrega. Ofrecerse e inventarse. Olvidar las cortinas. Desvelarse. Ser tiempo que busca una eternidad inabarcable. Naufragar y aferrarse.
Ella tiró de mí, y yo no me opuse. Me gustaba verla así, dueña de sí misma, montando su destino, a horcajadas. Sus ojos clavados en los míos eran poesía sin verso, el ritmo del desamparo vencido por la alegría, por la felicidad de saberse vivos, todavía.
Iba y venía, iba y venía, y no dejaba de mirar. Y su mirada ardía.
Reventar de placer no puede ser pecado.
La noche inventa sueños que a veces se comparten. A veces.
¡Quédate a soñar!


lunes, 14 de noviembre de 2016

La realidad se bifurca...

La realidad se bifurca,
yo escribo suspiros que permanecen
incorruptibles
entre tus ojos absortos
y mi lengua audaz,
y tú apenas existes.

Los relojes siguen empeñados
en malgastar mi tiempo
redundando en el fracaso.

Un hogar es un corazón abierto,
no una casa cerrada,
me digo mientras cierro
a cal y canto
puertas y ventanas.

Y tú no haces más que huir.


martes, 4 de febrero de 2014

Sin poesía

Ella quizá no existe.
Posiblemente su cuello no pueda ser tan perfecto,
cicatriz incluida,
y su piel no huela a Petit Patapán.
Su silueta no dibuja entre los pliegues de mi cama
historietas de amor,
ni ronronea de placer los días de Venus.
No canta cuando olvida que la escuchan.
No sonríe satisfecha cuando sabe que la miro.

Ella quizá no exista y resida más allá del verso,
como una musa lejana y austera,
una dómina que exige pleitesía
y una lengua solícita y activa.

Más acá estás tú.
Sin poesía.

lunes, 26 de agosto de 2013

A mano almada


Mi cuerpo se retuerce en tu recuerdo,
vela en la noche mil caricias imaginadas
y al amanecer estalla
salpicando de sal y agua
tu espalda soñada.

Me despierto en pie,
con la lengua mojada
y te busco,
y no te encuentro,
y me dejo matar a mano almada.