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lunes, 16 de octubre de 2017

Terra queimada



Huele a infierno.
¿Qué pecado incandescente cometimos?
No vemos más allá de nuestros miedos,
que niegan la esperanza
y vomitan humo negro.
Buscamos un claro que nos deje respirar,
que no ahogue nuestros sueños exánimes,
y no hallamos más que lágrimas
que no fecundan una tierra arrasada
por el fuego de la indiferencia.
Nos observamos.
Miramos un paisaje imposible.
Nos cogemos de la mano.
Apretamos.
Maldecimos.
Lloramos.
Todo para no claudicar.
Y gota a gota,
llanto a llanto,
crecerá nuestra esperanza en suelo seco,
en futuro quemado,
y de las cenizas resurgirán
gaviotas como fénix,
olivos como robles,
amigos como amigos.
Las aguas tornarán a su cauce
y seremos entonces más sabios,
y tendremos también más ganas
de apagar con nuestra llama sus incendios.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Mi barrio, en la noche



La ciudad ofrece breves momentos de paz,
apenas fugaces destellos de esperanza irredenta.
Yo suelo trasnochar.
Salgo y levito sobre todos y sobre todo,
absorto,
como un guardián que protege su redil,
amante y solícito.
Mi barrio es un arrabal,
putas y chaperos venden incendios a precio de saldo,
todas las esquinas desiertas paren su dromedario,
surtidores de sueños embriones de pesadilla,
y un hotel que oculta la vergüenza del padre de familia,
gente bien que naufraga mal.
Me siento en los parques a custodiar la angustia,
desde aquí se ve el puente y su suicida,
siempre el mismo, siempre diferente,
con ningún motivo que lo aferre a la vida.
De repente un crujido anuncia el fulgor plateado de la luna
reflejado en la hoja impenitente e inmunda
que un yonqui blande inútilmente
ciego en su delirio, corriendo de espaldas buscando la muerte.
Y el amanecer,
y los impostores que inundan las calles.
Me conmueve mi barrio cada noche,
su verdad desnuda me alimenta.