Hay quien dice que escribo triste,
que siempre parezco al borde del suicidio
en mis poemas,
que soy alérgico a la esperanza.
Puede.
Quizá sea cierto.
Mis palabras probablemente son insanas,
un alarido constante,
el terror que llega tras la curiosidad,
el apabullante desamparo,
la continua y adorada intrascendencia:
dios no es más que otra palabra.
Al fin y al cabo solo cabe engañar al
tiempo,
que ni se gana ni se pierde,
y consagrarse a la inutilidad.
Con pasión acaricio otras manos
a pesar de la soledad,
acepto la traición
como condición sine qua non,
y vivo,
a pesar de todo.
Si vomito la tristeza,
no te aflijas,
solo es un hechizo,
un estertor en verso,
un modo,
como otro cualquiera,
de conjurar la sonrisa,
siempre irónica y terca.