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jueves, 4 de agosto de 2016

Nada que añadir...

a descubrirme en ti,
a cantar canciones infantiles,
y a huir del redil
al mínimo descuido.
A imaginarme siendo tú,
sin ser tú.

Vine a descubrir la lluvia
poniéndome debajo,
mojándome la entraña,
a bailar con la lumbre
para secar un alma
que apostar a doble o nada,
y perder,
ensayando la impostura
de pretender ser alguien.

Además vi el mar,
que me esperaba con mis dudas,
que iba y venía
sin más destino que la inercia
y el olvido.

Bailamos juntos un instante
en la orilla,
rozando la eternidad
cogidos de la mano.

Y luego te fuiste
tras descubrir tu lluvia, tu mar y tu fuego.

Vine vacío,
y desnudo.
No tengo ni el aire que hurto
para repetir,
una vez más,
el mismo verso terco
que ya no dice nada.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Cuentos infantiles

a Naia,
con una voluntad de hierro…


No te duermas todavía,
la noche aún puede esperar.
Que espere,
mientras nosotros multiplicamos los cuentos.

Érase una vez el mundo,
embrión de todo y nada,
un continuo ir y venir de seres insondables,
inefables e inexactos,
cientos de miles de tú como tú,
absurdos e innombrables.

Érase una vez la risa
que, agazapada en cualquier esquina,
inventa instantes eternos
para llenar un tiempo incierto.
La misma risa que dibuja en tu cara
un presente ajeno al qué vendrá.
El antídoto del miedo.

Érase una vez la ausencia,
que siempre acude puntual a sus citas.
Sus besos son dulces y crueles
cuando llega y te acaricia,
cuando se instala y te recuerda el olvido,
y te regala una lágrima.

Érase una vez el llanto
que aparece como la lluvia,
que a veces es torrente y anega,
segando verde y pintando grises
cada vez más negros…
pero lluvia que nutre,
lluvia que riega,
agua salada que diluye la pena
y la asume,
aunque envenena,
propia en el pecho.

Érase una vez el amor
que se ofrece a cada paso
sin buscar ninguna excusa,
porque sí,
porque se basta a sí mismo.
Y se viste de juego y asombro,
se disfraza de promesa eterna,
de bagatela que se desecha,
de arco y de flecha,
de primavera y otoño.
Y aún te acompaña,
perenne y esquivo,
como el aire que sigues respirando.

Érase una vez la vida,
con su cara y con sus cruces,
apretando hasta la asfixia,
inoportuna, irredenta.
Una vida que no nos hace mejores,
ni más sabios,
ni más fuertes.
Pero seguimos en pie,
seguimos luchando,
ávidos de cuentos infantiles
que aseguran
que al final
fuimos felices.

miércoles, 4 de febrero de 2015

El torrente

La lluvia comienza dubitativa,
apenas unas gotas tenues se atreven a caer,
danzando con el viento,
y a besar la tierra,
a hacer el amor con un suelo anhelante de humedad.

El mundo se ruboriza y estremece
al tacto de cada caricia,
se hincha y se enternece.

Florecen los campos,
florecen las ciudades,
los abrevaderos se llenan
de corazones que laten,
de corazones que bullen
sin miedo y sin equipaje.

La lluvia riega.
Pero la lluvia anega.

El deshielo de los sueños
siempre llega demasiado pronto,
a deshora.
Una gota y otra gota no hacen dos gotas,
hacen cascada y hacen torrente.
Y el torrente ruge rabioso
y se lanza violento hacia el abismo
enarbolando su naturaleza suicida
y arrasando al paso,
como si nada importara
salvo un espejo maldito
que siempre refleja la muerte.

Fuimos hijos de la tempestad
y la tormenta,
apenas agua que llueve,
dice que vuela,
sueña el amor,
e invariablemente se estrella.

Fuimos, somos, seremos torrente.