Mostrando entradas con la etiqueta corazón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corazón. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de abril de 2017

Etérea


El océano se ofrece en llamas
y el último navío está a punto de zarpar.
Ella permanece seca,
los pies en cubierta,
la cabeza en las nubes,
el corazón en la tierra.
El horizonte espera a su espalda.
De fondo,
el débil rumor de la existencia
se empeña en seguir llamando a su puerta,
desvencijada y abierta.

Atreverse a atreverse
no es pecado mortal,
a no ser que quieras
follar en una catedral,
perder la dignidad y las bragas
honrando el sacro altar.

No te enfades,
El azúcar, en mi lengua, es ácido corrosivo.
La herejía es cuestión de carácter,
un carácter que siempre huele a destino.

El sofá no nos salva del naufragio
cuando naufragar es la mejor opción,
cuando respirar es un milagro.

Ella permanece seca,
permanece sola
y se atreve a volar,
líder en su propia ausencia.
Y levita.
Etérea.


sábado, 18 de febrero de 2017

Porque volamos




Llueve cuando llueve,
eso pronto lo aprendimos,
y el agua moja el alma.

Nos ha tocado lidiar con la galerna,
besar los labios de la muerte,
perder la sonrisa, y la inocencia,
entregándonos ciegos y breves
a merced del tiempo y la miseria.

Aprendimos a cantar cantando,
como niños que sueñan que viven,
canciones que no recordamos,
recuerdos que nunca redimen.

Desafinamos,
¿qué más da?
La música la inventamos nosotros,
Don Quijote se frota las manos
y Sancho nos tacha de locos.
Más o menos lo esperado.

Además ambos sabemos
que los relámpagos iluminan a veces el camino,
y pintan las baldosas de amarillo,
el corazón es evidencia,
el temor silencio
y el valor se afirma en una mano abierta,
una mano ofrenda.

Es cierto,
no podemos sonar bien
y soñamos sinfonías
que alicatan nuestros vuelos.
Porque volamos.
Porque queremos volar.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Jovencito Frankenstein

Inventarse un motivo para volver a coser el alma
al cuerpo
y no rendirse al desamparo
de un fracaso que redime
es nuestro pan de cada día,
nuestro
dánosle hoy.

¿Has visto Jovencito Frankenstein?
Todos somos un poco monstruos,
incapaces de ternura,
manantiales de ternura.
Una absurda paradoja.

Menudo par de aldabas,
y no huyo a la sonrisa
que dibuja tu sonrisa.

Remendamos nuestros sueños paso a paso,
en las noches que solo ofrecen recuerdos
tenues,
alambicados,
sin lumbre.
Rellenamos los vacíos de palabras
que siempre siempre son traición,
que son suicidio.
Oreamos la angustia.

Los parches tapan agujeros
por los que se te escapa la vida
y se escapa el tiempo,
mientras seguimos adelante,
más serenos y conscientes.
Hechos jirones.

La turba observa,
ávida de sangre,
dispuesta al canibalismo.

El corazón no está de moda,
piensa la bestia
ensayando una sonrisa
que solo puede ser llanto.

Y todos los relojes anuncian la muerte.


miércoles, 4 de febrero de 2015

El torrente

La lluvia comienza dubitativa,
apenas unas gotas tenues se atreven a caer,
danzando con el viento,
y a besar la tierra,
a hacer el amor con un suelo anhelante de humedad.

El mundo se ruboriza y estremece
al tacto de cada caricia,
se hincha y se enternece.

Florecen los campos,
florecen las ciudades,
los abrevaderos se llenan
de corazones que laten,
de corazones que bullen
sin miedo y sin equipaje.

La lluvia riega.
Pero la lluvia anega.

El deshielo de los sueños
siempre llega demasiado pronto,
a deshora.
Una gota y otra gota no hacen dos gotas,
hacen cascada y hacen torrente.
Y el torrente ruge rabioso
y se lanza violento hacia el abismo
enarbolando su naturaleza suicida
y arrasando al paso,
como si nada importara
salvo un espejo maldito
que siempre refleja la muerte.

Fuimos hijos de la tempestad
y la tormenta,
apenas agua que llueve,
dice que vuela,
sueña el amor,
e invariablemente se estrella.

Fuimos, somos, seremos torrente. 


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Declaración de amor


A mis alumnos


Os quiero. A todos. A los que sí y a los que no. También a los que a veces.
Os quiero.
No necesito razones para amar, el amor no entiende de ello. Para querer solo hay que hacerlo, dejarse la piel.
Con vosotros vivo y me construyo cada día. Se supone que debo enseñaros, y cada día aprendo de vosotros.
Sufro en cada fracaso compartido, qué hago mal, qué no sé decir, qué puedo hacer mejor. Y en la noche me enfrento a mis dudas.
El amor es pensar en ti, y en ti, y también en ti. Y el intento suicida de venderos, disfrazada de palabras, el ansia de saber, la pasión de crear, la locura de amar.
Os recuerdo de niños, cuando me mirabais y veíais un gigante que hablaba y hablaba sin parar, gesticulando, de aquí para allá.
Cómo hemos cambiado. Cuántas derrotas hemos sufrido. Suspensos dramáticos; enfermedades; parejas que al final no eran; traiciones de los mejores amigos; el mundo que nos ahoga y no nos entiende… Tantas lágrimas…
Y yo sé que os iréis; que seguiréis vuestras vidas; que tendréis que tomar decisiones; que no siempre acertaréis; que tropezaréis varias veces en la misma puta piedra; que os levantaréis, más o menos magullados, y seguiréis adelante.
Lo sé. Vosotros, en el fondo, lo sabéis.
Quizás amor de madre. Voy a pensar, además, que vosotros también me queréis, a pesar de los gritos y suspensos, de las caras de loco intempestivo, de un sentido del humor abyecto, y de las horas de sermón ilocutivo.
Todas mis palabras son vuestras: usadlas, retorcedlas, vengaos de mi en cada letra.
Y recordad: el mundo está ahí fuera, esperando vuestro amor en vena.
Haced la vida con el corazón.
Os quiero. Conste en acta.

Voz propia, nudo en la garganta