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viernes, 20 de noviembre de 2015

La saliva

Escúchame pulsando aquí.

La saliva apenas humedece la garganta
cuando lloras,
en el fatídico momento de consagrar la soledad
y la verdad del yo,
ese hipócrita asesino
que te mira de reojo.

El croupier baraja las cartas
y nosotros jugamos a ciegas,
a tientas,
a sabiendas
de que la banca siempre gana,
y solo nos queda envidar,
o enviudar.

La chimenea vierte su vómito de humo.
Quizá quema este otoño salvaje.
Quizá arde
y los rescoldos ya no templan las almas en pena,
las penas que vagan,
cogidas de una mano imaginada,
por las calles que siempre se llaman tristeza,
que siempre huelen a melancolía
y a cerrado, por derribo.

La música acompaña las miradas
que bailan ensimismadas,
urdiendo lazos de aire
que se quieren eternos.
El amor no conoce la humildad.
El amor detesta la cordura.
Toda sentencia es falacia,
nosotros no aprendimos a ser jueces.
Nuestra ley es el perdón.

La saliva apenas humedece la garganta
cuando hablas
y dices,
verso a verso,
lo que sientes decir.


martes, 29 de septiembre de 2015

Matemáticas para dummies

Nunca fui bueno en matemáticas,
quizá por eso
no entiendo la distancia absurda
que separa dos líneas paralelas,
condenadas a mirarse y no rozarse.

No aprendí a despejar incógnitas,
aprendí a conservarlas,
a cuidarlas y verlas medrar
al abrigo de las certezas y los vendavales.

Uno y uno no siempre suman dos,
decía don César por motivos oscuros
y vete tú a saber si personales.
Yo eso sí lo entiendo.

No salí a buscarte.
No supe averiguar
a qué hora,
en qué lugar,
por qué camino,
en qué momento,
la vida cruzaría
tu moto y mi destino.  

La combinatoria nos es desfavorable
y acudimos a la enésima metáfora
suplicando otro motivo,
solo un axioma.

En la estación de lejanías
el tren que salía esta noche,
a las 23:50,
partió puntual,
y sin mí.

En el anden yacen mis dudas,
maldiciendo su vergüenza,
contando con los dedos hasta diez
más uno si asumimos la tristeza.

No, fue la poesía la que ganó la batalla,
no la geometría, no el álgebra,
por eso no entiendo de distancias
más allá de un silencio que se quiebra
si fluye la sangre del pecho a la garganta
y desbordan las huestes del sueño,
ávidas de permanencia.


Yo sigo aquí. Etéreo y elocuente.
Mirando unas manos propias
pero ajenas.

sábado, 15 de agosto de 2015

El nombre maldito

Escúchame pulsando aquí.

Te he visto brillar de puro amor,
escribir una biblia con tus besos,
llena de palabras reveladas
al son celestial de una vida imposible,
te he visto llorar de alegría.

Te he visto en ruinas,
oliendo a decadencia e inquina,
despiadado e injusto,
enfrentado a tu abismo.

Te he visto en llamas,
incendiario,
caminando taciturno hacia el otoño,
dispuesto a perder otro tren
por un segundo más de primavera.

Te he visto encogido,
magullado y quejumbroso por los golpes,
rabioso,
te he visto morder el polvo y sudar sangre.
Y aún así estabas más vivo.

Quiero verte de nuevo,
desnudo y atrevido,
dispuesto a jugarte el alma
por un mísero adjetivo,

dispuesto a reconocer que todos
tenemos nuestro nudo en la garganta,
que todos tenemos nuestro nombre maldito.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Palabras corrientes

Estoy mirando al tiempo diluirse,
dejándome mecer en un vaivén estático,
perenne,
ajeno y ajado desde un rincón del mundo.
Los colores de las banderas destiñen
con sangre todos los folios en blanco
y los supervivientes se enfrentan a un cielo
invariablemente silencioso
y al raso.
¿Quién es la mujer de sonrisa tenue
que me invita a libarla
desde el otro lado del espejo?
¿Quién este extraño que la observa?

Las palabras no hieren.
Las gargantas hieren,
asesinan, mutilan, aniquilan,
cuando se inflaman y proclaman
verdades elocuentes e intransigentes.
Las palabras, corrientes, se dejan hacer,
prostibularias,

el amor en cualquier cama.

domingo, 13 de octubre de 2013

Jodidamente perfectos


Pincha aquí para escuchar el poema

Tú, que doblaste una esquina y te precipitaste
por un abismo de locura y asco,
que vendiste tus venas al desamparo,
que hiciste del fracaso un arte.

Él, que cerró los ojos y huyó
para no ver la tristeza que deja,
que quiso escalar sin cuerda
y como ícaro, besó el sol.

Yo, que naufrago cada día entre palabras que naufragan,
que enajeno caminos,
que cierro puertas y ventanas,
que me oculto como un chiquillo.

Ellas, que aprendieron a jugarse mi cordura,
que tejen y destejen a su antojo,
surtidores de versos y de duda,
ojos de la cerradura, puertas sin pomo.

Vosotros, que absurdamente perseguís mis quimeras
y apenas rozáis mi propia insignificancia,
y construís un sueño donde existen almas gemelas,
y descubrís horrorizados la esencia de la metáfora.

Nosotros, ese imposible que amamanta,
ese nudo en la garganta.

Jodidamente perfectos.