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jueves, 9 de enero de 2014

Amor poético

Me persigue la verdad disfrazada
por los arrabales de una ciudad que me es ajena
pero es la mía.
La gente de bandera nos señala,
con sus dedos de hierro
y la mirada pétrea.
Yo frecuento esquinas que naufragan,
malvendo mi tiempo por oro
y cicuta en vena.
Tú apenas existes en mis palabras,
en el batir incesante de las olas
de mis mareas vivas.
Un nosotros imposible,
tú fantasma, yo poeta…
y mi mejor destino es tu mirada.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Palabras corrientes

Estoy mirando al tiempo diluirse,
dejándome mecer en un vaivén estático,
perenne,
ajeno y ajado desde un rincón del mundo.
Los colores de las banderas destiñen
con sangre todos los folios en blanco
y los supervivientes se enfrentan a un cielo
invariablemente silencioso
y al raso.
¿Quién es la mujer de sonrisa tenue
que me invita a libarla
desde el otro lado del espejo?
¿Quién este extraño que la observa?

Las palabras no hieren.
Las gargantas hieren,
asesinan, mutilan, aniquilan,
cuando se inflaman y proclaman
verdades elocuentes e intransigentes.
Las palabras, corrientes, se dejan hacer,
prostibularias,

el amor en cualquier cama.

sábado, 30 de junio de 2012

El final de los tiempos

Pincha aquí para escuchar el poema

Invariablemente los profetas clamaban la hecatombe.
Todos los signos eran signos de duelo o de muerte.

Primero, los parias se rebelaron y mordieron las manos
de aquéllos, que nombraban, hacían y deshacían a voluntad,
con la fuerza del hierro y la soberbia del oro.

Todas las bestias redujeron a cenizas el pasto preciado
y volvieron la vista, y en estampida sofocaron al paria
y su sueño desvencijado.

Los poetas guardaron silencio,
consumando la noble tradición de la alta traición.

Los sustantivos se creyeron a salvo parapetados
en la perpetua semántica del diccionario.

El error es siempre craso.
El verdadero error siempre es fatal.

Nadie fue el primero en tirar la piedra,
mas la piedra fue y volvió,
cercenando miembros y salpicando sangre,
como un bumerán de odio.

Nuestra estirpe es necia,
somos hijos de los hombres que no sabían ser viento,
que consagraban sus vidas al tiempo.

Los restantes decidieron abolir los gobiernos,
y quemaron las banderas y los cementerios.
Comprendieron el juego de ser adjetivos,
de ser a duras penas aliento que mueve una brizna.

Los restantes engendraron otros tiempos,
y estos lo harán de nuevo, aunque sobre la palabra
y sea pieza de museo.

sábado, 18 de febrero de 2012

El inmigrante



Me llamaron extranjero y lo fui,
tan mágicas son las palabras.
No hay bandera que me colme, gritaba,
Yo solo vengo a sumar aquí.

No entendía el odio y su inquina,
mis huesos también se fracturan
cuando el origen se torna factura
que te hacen pagar a lágrima viva.

Y al volver fui extranjero doblemente,
extranjero por marcharme,
extranjero por la ausencia.
Un grado de existencia por debajo de don nadie.

Se comprende mi aversión a las banderas,
mi tesoro son mis manos, son mi voz y su empeño,
no el arraigo decadente y religioso a un credo
que sacraliza la sangre y deshumaniza la pelea.

Yo soy hijo de mi madre,
un apátrida infame,
un inmigrante que respeta la muerte.

jueves, 5 de mayo de 2011

Una ciudad enferma


Esta ciudad adicta al desamparo y la humedad
da testimonio de su locura y su verbena
apagando sus calles a la hora de la pena
para olvidar su existencia y su verdad.

Serpentean por sus calles inconscientes
individuos con coraza, corazón coraza,
que apenas esbozan una sonrisa breve
a la vuelta de la esquina de la rabia.

Se cruzan entre sí y conmigo, se pisan y me pisan
cuando creen que nadie los observa
y si se sienten observados se arrodillan,
se atan el zapato, bajan la cabeza.

Esta ciudad apta para huidos y extranjeras,
cobijo de putas de lujo, de piratas sin bandera,
centro del otro mundo, capital de la periferia,
se construye a medida que su palabra se quiebra.

Por sus cuestas imposibles ruedan sueños
en caída libre que invariablemente desembocan
hechos jirones sanguinolentos en su derrota
en las aguas imperturbables del insensible puerto.

Las heridas de los transeúntes no cicatrizan,
se gangrenan en una macabra danza
que agota y reprime toda esperanza,
que elimina cualquier rastro de alegría.

Esta ciudad se consume entre estertores
pidiendo a gritos una primavera
que la sane y que nunca llega,
esta ciudad enferma de gris sueña colores.


Imagen: Ciudad enferma, de Cristian Fuica