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viernes, 20 de noviembre de 2015

La saliva

Escúchame pulsando aquí.

La saliva apenas humedece la garganta
cuando lloras,
en el fatídico momento de consagrar la soledad
y la verdad del yo,
ese hipócrita asesino
que te mira de reojo.

El croupier baraja las cartas
y nosotros jugamos a ciegas,
a tientas,
a sabiendas
de que la banca siempre gana,
y solo nos queda envidar,
o enviudar.

La chimenea vierte su vómito de humo.
Quizá quema este otoño salvaje.
Quizá arde
y los rescoldos ya no templan las almas en pena,
las penas que vagan,
cogidas de una mano imaginada,
por las calles que siempre se llaman tristeza,
que siempre huelen a melancolía
y a cerrado, por derribo.

La música acompaña las miradas
que bailan ensimismadas,
urdiendo lazos de aire
que se quieren eternos.
El amor no conoce la humildad.
El amor detesta la cordura.
Toda sentencia es falacia,
nosotros no aprendimos a ser jueces.
Nuestra ley es el perdón.

La saliva apenas humedece la garganta
cuando hablas
y dices,
verso a verso,
lo que sientes decir.


martes, 8 de julio de 2014

Calles inhóspitas

Reconozco estas calles que nunca me acogen,
que se limitan a verme pasar,
inhóspitas y desdeñosas,
y permanecen inmóviles:

la avenida de la libertad
invadida por escaparates que venden cadenas,
regulada por semáforos, circulación alterna
que desemboca en un arco de triunfo
que rememora toda nuestra miseria;

la plaza de la república,
consagrada al poder absoluto de una idea,
de un tirano llamado pueblo
que agoniza y se malvende en una esquina,
como cualquier otro chapero;

la calle del deseo,
poblada de edificios sin portales,
de ventanas que gimen desconsuelo,
de canciones imposibles,
siempre ciega y sin salida;

la era de las tentaciones,
un territorio abierto y sin fin,
rico en vergeles de éxtasis,
urdimbres de sueño
y manantiales de redención;

el jardín de los corazones oxidados,
donde descansan las cenizas sin brasa
de un millón del mismo proyecto,
ejemplos de lo terca que es la vida,
y absurda;

la placita del poeta,
un rincón ajado, de otro tiempo,
visitado ocasionalmente por una paloma
que se rinde a la metáfora
y caga invariablemente;

la calle melancolía,
siempre a un triste y vulgar paso de la alegría,
aunque el verso no sea mío
sí lo es la desidia,
y repito sus palabras, las hago mías;

la plaza mayor,
el lugar ideal para sentirse pequeño,
y en la plaza de la catedral,
donde nada es trascendente
excepto la piedra.

Reconozco estas calles,
huello sus aceras desde siempre,
ellas me devuelven su extrañeza
y me recuerdan mi carácter extranjero,
yo no permanezco.