Casi nunca supimos entendernos.
Mis metáforas de aire eran solo aire
y se estrellaban con la nada
en disolución suicida,
sin apenas rozarte,
y tus palabras eran presentimientos
de un terror nocturno y perenne
que prometía asaltarme
en cada sueño;
ansiaba tu carne desnuda
y mojada,
ansiaba tu ansia derramada
sobre mi lengua terca y oscura,
como si fueras poesía,
como si fuera poeta;
mis manos abiertas,
vueltas las palmas hacia arriba,
limpias y serenas,
ásperas,
no llegaban a tocarte,
por no herirte;
construía diques para nada,
parapetos para todo,
puentes para salvar una distancia
que nunca recorro
entre la tristeza que me horada
y la tinta que malgasto;
no. No supimos entendernos
y albergamos,
en silencio y con alevosía,
un océano de dudas permanentes
y elocuentes tempestades
que siempre amainaban a destiempo.
No supimos entendernos.
Nos desentendimos.