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viernes, 30 de junio de 2017

Quédate

La veo marcharse,
y sonrío
a pesar del desaliento
que precede a la melancolía
obstinada en el regreso.

Agradezco que sea ella
la plebeya que enamora en este cuento
y que el príncipe esté ausente por decreto
y que el final no sea feliz
porque siempre es un principio
hasta el postrero borrón sin cuenta nueva.

Ya nadie come perdices.

Sin embargo,
cuando monta en su unicornio
y se le quiebra la tristeza
el mundo cobra sentido
aunque la boca sepa a tierra,
a sangre, al polvo del camino
que a cada paso reinventa,
que es carácter,
que es destino.

Sin embargo,
en su mundo sí que hay brillo.

No sabré decirle adiós,
ni quédate,
nunca aprendí a mendigar los alivios,
a bendecir la mesa puesta,
a renegar del suicidio.

Paradojas de poeta
que nunca encuentra la palabra
ni por casualidad.

El camino de baldosas amarillas
se detiene aquí
y se impone volar,
gritan sus ojos,
ávidos de mar.

Y yo,
solo acierto a sonreír,
irónico y esquivo.

viernes, 7 de abril de 2017

Rojo sobre blanco




Negro sobre blanco es historia,
la mentira que ensombrece el alma
de un don nadie
que se atreve a respirar
inconsciente
y desarmado.

Los vendedores de astucia
permanecen ensimismados
y olvidan recordar el precio
-prohibitivo-
de una felicidad verdadera,
que no huela a coche nuevo
ni a incienso barato.

El amor se desparrama,
se cuela por los intersticios
de los sueños más amargos
y hace retoñar una esperanza
intempestiva, irracional,
omnívora.

La luz se rebela y huye,
una vez más,
y sólo nos queda buscar candiles
para no naufragar
en este viaje estéril.

Yo no sé seguir estrellas
ni baldosas amarillas,
pero canto cada día,
y desafino.

Rojo sobre blanco es metáfora
incandescente
y reverberante
de un fracaso que se atreve,
que es,
y que brilla.

sábado, 18 de febrero de 2017

Porque volamos




Llueve cuando llueve,
eso pronto lo aprendimos,
y el agua moja el alma.

Nos ha tocado lidiar con la galerna,
besar los labios de la muerte,
perder la sonrisa, y la inocencia,
entregándonos ciegos y breves
a merced del tiempo y la miseria.

Aprendimos a cantar cantando,
como niños que sueñan que viven,
canciones que no recordamos,
recuerdos que nunca redimen.

Desafinamos,
¿qué más da?
La música la inventamos nosotros,
Don Quijote se frota las manos
y Sancho nos tacha de locos.
Más o menos lo esperado.

Además ambos sabemos
que los relámpagos iluminan a veces el camino,
y pintan las baldosas de amarillo,
el corazón es evidencia,
el temor silencio
y el valor se afirma en una mano abierta,
una mano ofrenda.

Es cierto,
no podemos sonar bien
y soñamos sinfonías
que alicatan nuestros vuelos.
Porque volamos.
Porque queremos volar.

martes, 22 de marzo de 2016

Camino de Oz



Tú también tendrás que avanzar y dibujar tu propia senda de baldosas amarillas, murmuraba el poeta consciente de la ausencia de auditorio.

Serás espantapájaros
y observarás absorto
un mundo imposible.
No entenderás nada.

¿Cómo aceptar el dolor y la ausencia?
El miedo y la soledad se atrincheran
y los leones solo saben dormitar
y soñar.

Apenas sentimos,
pero podemos comprar otro abrigo
que disimule nuestro vacío en el pecho
hasta quedarnos inmóviles.

Una mirada perdida, clavada más allá del tiempo, interrumpe brevemente el instante de delirio y enajenación. Un suspiro profundo que más que aire exhala vida. El penúltimo trago.

Vivir es una oda, o una letanía.
Los puntos cardinales se confunden
con las voces
de la gente que viene y que va,
vendiendo simulacros,
aparentando respirar
e ir a alguna parte.

La bruja buena es la bruja mala,
vestida de domingo.

La última frase flota en el aire y quiere anclarse en la memoria, significando más de lo tolerable. El poeta yace exhausto, pero aún su mano tiembla.

Dorothy, no mires atrás.
Se hace camino al andar.

domingo, 19 de octubre de 2014

Cotidiana


Tengo un atroz dolor de espalda
que apenas me deja respirar,
siento el peso de cada lágrima
como un atlas al límite de sus fuerzas,
el polvo del camino que el viajero
acumula sobre su historia
cuando el camino, nuevamente,
se bifurca,
se trifulca.
No sé hasta cuando estos huesos
serán quién de no quebrarse,
sus quejidos son nana sempiterna.
Tengo un atroz dolor de espalda
y las palabras se me escurren,
como el agua que no has de beber,
como el ciento volando.
No encuentro mi camino de baldosas amarillas,
y tengo un atroz dolor de espalda.