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martes, 24 de diciembre de 2019

Todos los colores

Blanco, como las páginas
de una vida que no promete nada,
que no engaña,
que se hace y se deshace
y se entreteje.
Verde, 
como esta tierra que amamanta
y nutre almas tormentosas,
grises y melancólicas.
Azul como los días laborables,
que se suceden
y no suceden,
parcos en hostilidades.
Amarillo por doquier,
para impostar una sonrisa.
Negros los pensamientos
que también florecen
cuando respirar es inercia
y no se paren versos
que merezcan la pena.
Cuando descubro un océano
entre tu vera y mi vera.
Rojo como los atardeceres
que incendian los vuelos compartidos
de aves peregrinas,
amantes del amor en el camino.
Rosa que me regalas a cuentagotas
y bendice el altar de un deseo
que sabe sanar,
que sana.
Violeta, cuando florezco.
Te quiero.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Arco iris

No lamento el verde,
simplemente dijo ve,
y fui.

No lamento los aullidos desbocados de la jauría
que rodea a la presa
pero se resiste a atacar,
temerosa de la victoria.

No lamento las lágrimas.

El amarillo rodeaba las estribaciones de un violeta profundo,
digno pero discordante.

El rojo solo era la sangre,
que abonaba los surcos abiertos de la memoria.

El azul un mar cercano y lejano.

El entendimiento es falaz.
No soy yo, eres tú, quien colorea.

Ni todas las sombras son negras,
ni todos los blancos iluminan las páginas,
unas páginas de barro y alquitrán.

El artista observa el lienzo
y ve el mundo a borbotones,
y lo pinta de blanco
para ti,
para mí.

La vida espera.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Superstición



Clarividente,
el oráculo me anunció su profecía:
Tres vendrán que marcarán tu camino,
la primera con sangre,
la segunda con fuego,
la tercera, con la sal del olvido.
Y me fui,
con las manos en los bolsillos,
alérgico a dioses y profetas,
vestido de amarillo,
fumándome otro peta,
convencido de mi Carácter es destino.

Pero vino la sangre y me arrasó las venas,
me dejó vacío de certezas,
huérfano de sueños,
paria y apátrida,
un hijo bastardo de la hoguera
que muere en el recuerdo de una cama
miserable, oscura y enferma.
Y el hijo del fuego en fuego se quema,
despelleja el alma y enardece la locura,
se consume entre humo denso y amargura,
consciente y embargado por la pena.
Esa era la segunda.
¿Y si carácter no es destino?
¿Y si es solo azar?
Tirar los dados en el vacío
y siempre ser impar,
seres condenados al desvarío,
a deambular
hasta encontrar nuestra parcela de olvido,
nuestra estatua de sal.

El oráculo me lo dijo,
y yo iba vestido de amarillo.