No lamento el verde,
simplemente dijo ve,
y fui.
No lamento los aullidos desbocados de la jauría
que rodea a la presa
pero se resiste a atacar,
temerosa de la victoria.
No lamento las lágrimas.
El amarillo rodeaba las estribaciones de un violeta profundo,
digno pero discordante.
El rojo solo era la sangre,
que abonaba los surcos abiertos de la memoria.
El azul un mar cercano y lejano.
El entendimiento es falaz.
No soy yo, eres tú, quien colorea.
Ni todas las sombras son negras,
ni todos los blancos iluminan las páginas,
unas páginas de barro y alquitrán.
El artista observa el lienzo
y ve el mundo a borbotones,
y lo pinta de blanco
para ti,
para mí.
La vida espera.