Se vende mundo, o se alquila.
Una retahíla de significantes
que se diluye en un vacío significativo.
Ondas sonoras que se estrellan,
tintineantes,
contra muros de vidrio invisible.
Se vende silencio, o se alquila.
Una sucesión de momentos irrepetible
sin alfa ni omega,
una potencialidad fracasada.
Murmullos naufragando
en la profundidad insondable
de la ausencia.
Se vende aire y tinta derramada,
o se alquila,
rojo sangre tachando un papel.
Una excusa para el amor.
Los sentimientos y emociones, aún imaginados, nos configuran. Las palabras son la germinación de los absurdos de mi ser, mi único destino. Sean benevolentes.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
domingo, 11 de noviembre de 2012
Autorretrato
Otra
mañana fría de noviembre. La ducha templada. Siempre el mismo café fuerte y, si
hay tiempo, un zumo frío previo.
Disfraz:
vaqueros, sudadera y tenis. Coche. Piloto automático.
La
niebla eterna al llegar al aeropuerto me despierta y me acerca ecos radiofónicos
de una crisis que no cesa.
Sonríe.
Cambia el paso.
Entrar
por la puerta es empezar a dudar. menos mal que alguien dijo que dudar era
símbolo de ansiada inteligencia.
“Buenos
días” multiplicados. Un café rápido ante un montón de extraños que saludo cada
día. “¿Qué tal tu niña?” “¿Ya has comprado el piso?” “Nos han bajado el
sueldo.” “Cada día es más jodido.”
De
repente el grito. La sirena suena a Eduard Munch. Y el patio.
El
patio es un lugar lleno de ojos que observan: cada paso puede ser un mal paso,
cada movimiento un suicidio. Intento caminar seguro, en línea recta,
respondiendo a los saludos, ignorando las miradas que sé que me incriminan, que
traspasan mi coraza, mi corazón coraza.
“¿Quién
cojones es este individuo?”, me pregunto mientras subo la escalera con las
llaves en la mano, evitando escenas.
Después
horas vendiendo palabras. Un desesperado intento de explicar el mundo, un mundo
que apenas entiendo. Al menos les regalo un refugio: la poesía es un remedio
para el mal de alma, ese es mi gran secreto.
“No
valgo más que mis palabras”, me digo después de todo, enfrascado en mí mismo,
“y ni siquiera estas tienen dueño, se repiten una y mil veces en gargantas
ajenas como el canto de un grillo, o de todos los grillos”.
¿Por
qué y para quién escribo? ¿Quién ha inventado el espejo? ¿Y por qué me importa?
Soy
un breve espacio de tiempo empeñado en pintarse de palabras y gritarlas al
viento. Apenas nada. Otro instante más. Una voz sin eco.
No
soy eterno. Por eso me importa mi tiempo, y continuar con la impostura.
lunes, 29 de octubre de 2012
Consejo de ministros
Consejo de ministros
-¡Tenemos que agarrar el toro por
los cuernos! ¡Las cosas tienen que cambiar de una vez! ¡No podemos continuar
inermes! -Vociferaba el Presidente de espaldas al consejo de ministros,
sabiéndose odiado y temido por igual, y secretamente excitado por ello.
-¿Señor Presidente…? -intervino
dubitativo, como era su costumbre, el ministro de energía. -El Director General
de Petrol S.A. ha llamado esta mañana para advertirnos de que no soportará
nuevos gravámenes, todo incremento en coste empresarial será desviado al
consumidor, y ciertamente con recargo, según me parecía leer entre líneas. He
recibido comunicaciones en el mismo sentido de los responsables de Gas Estatal
S.A. y de Elecluz S.A.
El Presidente seguía de espaldas,
inmóvil. Hizo un gesto casi imperceptible desde la sala, pero todos intuyeron
que su mano acariciaba el habano que habían visto en el bolsillo de su
americana al comenzar la reunión. Solo él se permitía fumar en el palacio, ¡al
fin y al cabo era su casa!
La titular de la cartera de sanidad
lo miraba de soslayo, con una mueca de desaprobación.
-Y los bancos amenazan con cortarnos
el grifo y dejar de comprar deuda si no cubrimos sus pérdidas con dinero público.
-Añadió socarrón el ministro de economía y finanzas.
-¡Cabrones-hijos-de-puta! -estalló
el ministro de hacienda, con un gritito indefinido de placer o de ira.
El titular de educación y cultura,
en un alarde de ingenio, señaló, guiñando un ojo:
-Caballeros, haya paz. Ante todo,
¡la impostura! No se hagan pasar por radicales.
Ella se decidió entonces a hablar,
era hora de poner las cartas sobre la mesa.
-Hay un plan. Pero tiene un coste.
Escuchen:
"La situación actual es o puede ser
así: el estado está fragmentado. O no, Presidente, pero vamos a venderlo así.
Demasiada estructura. Demasiado funcionario independiente, pero privilegiado.
Las autonomías tienen demasiado poder, es decir, manejan demasiado dinero. Y
los ayuntamientos son un coladero. Los servicios sociales descentralizados
cuestan demasiado, y no son fácilmente controlables. Los ciudadanos se
acostumbran a vivir de subvenciones y no generan riqueza. Las universidades
están masificadas y los títulos devaluados. El acceso al crédito se democratizó
en demasía, y todos los demás problemas derivados.
Inflamemos las bases. No tardaremos
mucho. Favorecerá los cambios, los procesos de racionalización, la eliminación
de duplicidades. Construyamos un gran plan nacional para cada servicio.
Vendamos el servicio y hagamos caja. Reducimos gasto en salario público,
controlamos a la empresa privada (y su política laboral, consiguiendo así un
efectivo control sobre los salarios y los precios). Todo son ventajas. Control
a través de la empresa. Contentamos a todos."
-Excepto a la calle… -dijo algún
ministrillo del fondo.
-La calle no se enterará. La calle
es nuestra. -respondió airada la vicepresidenta, ahogando una tos.
El humo denso del habano flotaba en
la habitación como una cadena de interrogantes, rodeando la figura del
Presidente, estático y extático. Sin volverse murmuró con voz apenas audible:
-Depende neniña, depende.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Cronotopo
Pincha para escuchar el poema
Soñaban despiertos que el atardecer
no era un ocaso,
no era un entierro.
Iban mano sobre mano,
con el sentimiento entrelazado y firme
como la roca ante la ola,
derramando sonrisas como migas de pan
por si la vida tuviese camino de vuelta,
como si la muerte no existiese.
Las voces temblorosas no guardan secretos
ni esconden un pasado extranjero
más allá de la memoria
o más acá del deseo.
El destino pasajero es siempre el mismo,
pompas de jabón que languidecen
estampadas invariablemente en el espejo.
Caminaban disfrazados de palabras
vistiendo el alma y la vida
en una huida imposible del silencio.
Un silencio que todo lo abarca.
Soñaban despiertos que el atardecer
no era un ocaso,
no era un entierro.
Iban mano sobre mano,
con el sentimiento entrelazado y firme
como la roca ante la ola,
derramando sonrisas como migas de pan
por si la vida tuviese camino de vuelta,
como si la muerte no existiese.
Las voces temblorosas no guardan secretos
ni esconden un pasado extranjero
más allá de la memoria
o más acá del deseo.
El destino pasajero es siempre el mismo,
pompas de jabón que languidecen
estampadas invariablemente en el espejo.
Caminaban disfrazados de palabras
vistiendo el alma y la vida
en una huida imposible del silencio.
Un silencio que todo lo abarca.
Incoherencia
Las cebollas hacen llorar.
Y a veces las personas.
Brindo con sangre por todas las derrotas,
las sufridas y las por sufrir,
hasta que la ebriedad atenace mis ansias.
Imploro el perdón de tus pecados,
suplico el don de tus favores,
celebro la joie de mis placeres.
Por las noches me convierto en un extraño
que vaga insomne por tus sueños,
como un alma que pena.
La cerveza caliente me disgusta.
Y también el olor a cerrado.
Pedir un poco más de tiempo
para zozobrar al fin
por el precio de un tequiero.
El humo atosiga la angustia,
me calma y atormenta,
me anula y me inflama.
La arena se derrama indemne.
Tus ojos me recuerdan un espejo
que me devuelve deformado,
irreconocible.
Incoherente.
Y a veces las personas.
Brindo con sangre por todas las derrotas,
las sufridas y las por sufrir,
hasta que la ebriedad atenace mis ansias.
Imploro el perdón de tus pecados,
suplico el don de tus favores,
celebro la joie de mis placeres.
Por las noches me convierto en un extraño
que vaga insomne por tus sueños,
como un alma que pena.
La cerveza caliente me disgusta.
Y también el olor a cerrado.
Pedir un poco más de tiempo
para zozobrar al fin
por el precio de un tequiero.
El humo atosiga la angustia,
me calma y atormenta,
me anula y me inflama.
La arena se derrama indemne.
Tus ojos me recuerdan un espejo
que me devuelve deformado,
irreconocible.
Incoherente.
jueves, 18 de octubre de 2012
Los sindiós
los enajenados bienaventurados
que se resisten a doblar la rodilla,
los granos enquistados en la rabadilla
de un poder antropófago
que muere y muere y resucita,
los supervivientes hasta la muerte
y sin posibilidad de amparo,
los sindiós.
Aquí estamos sin perspectivas de futuro,
sin presente en que soñar,
sin un puto duro
y con unas ganas enormes de gritar.
Aquí estamos dispuestos a estar,
y sobre todo dispuestos a ser,
de pie, sin echar el cuerpo a tierra.
Aquí estamos, con los pies desnudos
para que sepáis que no queremos escapar,
para echar raíces y enseñaros
cómo se conjuga el verbo amar.
viernes, 12 de octubre de 2012
12-10-2012
A Fiya, el día de su boda
El tiempo, amigo,
ha ido pasando,
cubriendo
nuestras huellas con la arena del tiempo,
fundando su
futuro en los cimientos del recuerdo,
volviéndonos
locos de amor,
enajenados de
sueños.
Tropezamos juntos
en todas las piedras del camino
escribiendo
—fuenteovejuna— las derrotas que elegimos,
sonriendo, pues
sabemos del absurdo de estar vivos.
Fuimos viento
fresco por las calles de agua
en las noches de
invierno privadas de alba,
nobles de baja
estopa los lunes por la mañana.
Nos vestimos de
héroes en nuestra propia tragedia,
conscientes de la
muerte a la vuelta de la esquina,
impostando el
alma para engañar a la miseria,
brindando con
fuego por las entrañas de la vida.
El tiempo, amigo
mío, quizá bifurque nuestros pasos,
quizá eternice
los silencios,
quizá borre los
secretos,
jueves, 4 de octubre de 2012
El amor o la vida
El amor o la vida
Querido
Leo,
Dicen
que cuando algo acaba, nunca acaba bien. He vivido mucho y vario, y ya se sabe,
más sabe el diablo por viejo que por diablo, y yo he tenido tiempo para
aprender.
¿Sabes?
A quien más recuerdo es a tu abuela. Nos conocimos muy jóvenes, en las fiestas de
Sornay. Tengo aquel primer momento en que la vi grabado a fuego en la memoria:
ella bailaba con un oficial del ejército del aire, sus movimientos eran
gráciles y vaporosos, su sonrisa una invitación a la alegría. Llevaba un
vestido discreto, color amarillo pastel, que hacía que su cabellera dorada
desprendiera reflejos que me perseguían sin cesar al son de la música. Le
pregunté a un lugareño por aquella muchacha, y me informó cumplidamente: era
Émilie, la hija del maestro, la joya del pueblo. Le encantaba bailar, pero
jamás bailaba dos veces con el mismo joven. Por ese motivo decidí no sacarla a
bailar hasta que no estuviera preparado para conquistar su corazón.
La
guerra duraba ya dos años y, tras un breve permiso, tuve que partir de nuevo al
frente. Sin embargo en esta ocasión tenía un motivo precioso para volver.
Verdún fue la más horrible de las batallas, los obuses caían por doquier. Desde
que te levantabas hasta que el agotamiento te obligaba a dejarte caer entre los
temibles brazos de Morfeo, poblados de pesadillas, solo el olor a sangre y
pólvora, y el sonido de los alaridos y el dolor te acompañaban. He visto morir
a muchos buenos hombres entre mis brazos, sin poder hacer más que consolarlos.
Algunos perdieron un miembro. Yo perdí parte de mi alma. Solo el recuerdo de tu
abuela me salvó de la locura.
¿Tú
también la recuerdas, verdad?
Claro,
la querías casi tanto como yo…
Cuando
la guerra terminó volví a buscarla, decidido a demostrarle que sin mí, la vida
no tenía sentido.
Sornay
no había cambiado mucho. Las calles tranquilas apenas mostraban cicatrices de
la reciente contienda, solo algunas pintadas celebraban la victoria: “Vive la
France libre” o “Liberté, égalité, fraternité”. Émilie no era ya la hija del
maestro, sino la maestra. A su padre lo habían capturado los alemanes, y lo
habían ejecutado. Desde entonces ella había dejado de bailar, y el color de sus
ropas se había ensombrecido por el luto, me contaron.
La
paciencia y la perseverancia son grandes virtudes, como ya te he dicho en otras
ocasiones. Necesitaba un oficio, por eso, aprovechando mis habilidades, abrí la
academia de piano y, para darme a conocer, fui a la escuela, a proponer mis
servicios. Afortunadamente a ella, amante de la música, le pareció una gran
idea completar la enseñanza con un poco de alma, pues eso te da el piano, y
recomendó a sus alumnos mis clases. Ella misma quiso que le enseñara, cosa que,
por supuesto, me llenó de gozo.
Así
empezó todo. Después llegó el amor, y con el amor llegó tu madre, y tras ella
tu tío Charles. Y ahora estás tú.
Quizá
ahora no entiendas gran cosa, a lomos de un caballito de madera. No puedes
sospechar siquiera todo el amor y el dolor que te aguardan a la vuelta de la
esquina, frotándose las manos y sonriendo. Pero, antes de despedirme y darte el
relevo, quiero confesarte que yo tampoco entendía nada a lomos de mi caballito
de madera. Te confieso que quizá solo la música, la del corazón, merece la
pena. Te confieso que he vivido.
Y te
recomiendo, con todo mi amor, la vida.
El abuelo.
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