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domingo, 6 de marzo de 2016

Veinte años...



A mis alumnos... 

Lloverá sobre tus pasos
y mis pasos,
nuestras huellas serán
estelas apenas,
imposibles de seguir
o soñar.

Pasarán los años
como trenes desbocados
y no veremos llegar
las palabras que nos hacen,
que se instalan,
que se clavan.

Vendrá nuevo el amor,
con su embrión de dudas,
a crear castillos de naipes,
futuros perfectos
flotando en el aire,
y no diremos que no.

Vendrán la muerte,
el hastío,
la soledad,
y harán de nosotros tormenta
sin visos de amainar.

Y sin embargo todo fluye
y permanece,
a pesar de nuestros egos infantiles.

Recuerda,
no pudimos ser mejores,
pero podemos ser mejores.

Pasará mi tiempo
y seré nomás una voz lejana
y antigua
que te habita,
recóndita.

Una voz que te invite a fracasar,
una vez más.

Veinte años...



A mis alumnos... 

Lloverá sobre tus pasos
y mis pasos,
nuestras huellas serán
estelas apenas,
imposibles de seguir
o soñar.

Pasarán los años
como trenes desbocados
y no veremos llegar
las palabras que nos hacen,
que se instalan,
que se clavan.

Vendrá nuevo el amor,
con su embrión de dudas,
a crear castillos de naipes,
futuros perfectos
flotando en el aire,
y no diremos que no.

Vendrán la muerte,
el hastío,
la soledad,
y harán de nosotros tormenta
sin visos de amainar.

Y sin embargo todo fluye
y permanece,
a pesar de nuestros egos infantiles.

Recuerda,
no pudimos ser mejores,
pero podemos ser mejores.

Pasará mi tiempo
y seré nomás una voz lejana
y antigua
que te habita,
recóndita.

Una voz que te invite a fracasar,
una vez más.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Viajeros & amantes

Rugimos un instante,
como leones orgullosos luciendo melena,
tras hacer el amor.

Quítate las vendas de los ojos,
repetía tu mirada felina
arañando un alma de seda.
Y yo a tientas respondía,
tembloroso ante tu ropa interior.

Solo vendo humo, aire gris y turbio,
confesaban mis manos exiguas,
con las palmas vacías y vueltas,
solo un instante de tiempo detenido.

Soñar es fácil con los ojos cerrados,
y entreabiertos,
para despertar en una lágrima
que aún calme la sed.
Como maná.

Los amaneceres siempre son tristes,
siempre son profundos,
un embrión de futuro con música de Kubrick,
un renacimiento.

A menudo los viajeros,
acostumbrados a perder sus trenes,
se sientan sobre su maleta
a dejar que la vida suceda,
como si no importara.

Pero importa.
Y a veces lo descubren
y se encuentran
y se aman.

Se aman,
aunque el tren no sea más que una ilusión
que no se atreve a ser destino,
aunque presientan en cada beso la semilla de un adiós,
porque ambos son viajeros amantes del camino.


jueves, 10 de julio de 2014

El andén II

Los niños se despiertan abrumados de terror,
empapados de frío y de angustia,
y no comprenden nada más allá de una caricia.
Pero nosotros ya no somos niños
y las caricias van siendo poco a poco ausencias,
recuerdos ajados.
Todos los trenes se pierden
cuando olvidamos que somos maquinistas
y nos vestimos de pasajero anónimo,
sentado sobre una maleta demasiado pesada,
llorando a solas en un andén,
sin destino aparente.
Baste saber que las vías no conducen a ninguna parte,
que el origen y la meta son dos espejismos de la misma ilusión,
que los macutos rebosan piedra y agua
para levantarse y andar,
como lázaro,
ni ciegos por el brillo de un términus universal,
ni esclavos de un pasado que exige cuentas al olvido,
simplemente vivos,
enfermos de presente,
empantanados,
exiguos.