Los niños se despiertan abrumados de terror,
empapados de frío y de angustia,
y no comprenden nada más allá de una caricia.
Pero nosotros ya no somos niños
y las caricias van siendo poco a poco ausencias,
recuerdos ajados.
Todos los trenes se pierden
cuando olvidamos que somos maquinistas
y nos vestimos de pasajero anónimo,
sentado sobre una maleta demasiado pesada,
llorando a solas en un andén,
sin destino aparente.
Baste saber que las vías no conducen a ninguna parte,
que el origen y la meta son dos espejismos de la misma
ilusión,
que los macutos rebosan piedra y agua
para levantarse y andar,
como lázaro,
ni ciegos por el brillo de un términus universal,
ni esclavos de un pasado que exige cuentas al olvido,
simplemente vivos,
enfermos de presente,
empantanados,
exiguos.
exiguos.