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jueves, 10 de julio de 2014

El andén II

Los niños se despiertan abrumados de terror,
empapados de frío y de angustia,
y no comprenden nada más allá de una caricia.
Pero nosotros ya no somos niños
y las caricias van siendo poco a poco ausencias,
recuerdos ajados.
Todos los trenes se pierden
cuando olvidamos que somos maquinistas
y nos vestimos de pasajero anónimo,
sentado sobre una maleta demasiado pesada,
llorando a solas en un andén,
sin destino aparente.
Baste saber que las vías no conducen a ninguna parte,
que el origen y la meta son dos espejismos de la misma ilusión,
que los macutos rebosan piedra y agua
para levantarse y andar,
como lázaro,
ni ciegos por el brillo de un términus universal,
ni esclavos de un pasado que exige cuentas al olvido,
simplemente vivos,
enfermos de presente,
empantanados,
exiguos.

martes, 27 de agosto de 2013

El andén



Ella se giró una vez más,
para cerciorarse de que él seguía allí,
con los ojos arrasados,
perdiendo otro tren.

La huida es más sencilla
cuando se niega el amor,
cuando se construyen muros
y se defienden las fronteras.

Acomodada ya en su asiento
se pregunta si era cierto,
si sus besos, los de él,
eran de cal o eran de arena.

Se observa las manos vacías
mientras crece su desconfianza,
perder absolutamente todo
no es lo mismo que no ganar nada.

Mientras tanto él la ve partir,
sentado en el andén, fumando,
acostumbrado a ver la vida desde fuera,
a lidiar los toros desde la barrera.