Mostrando entradas con la etiqueta Vigo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vigo. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de octubre de 2016

El vuelo

[Ejercicio de creación en el aula con alumnos de 3ºESO. Suelo hacer lo que les pido. La excusa para el texto es el videoclip de la canción Tiempo Futuro, de Eladio & los Seres Queridos, un brillante grupo de esta ciudad, a la que siempre volver para mirar el horizonte y aprender a volar.]



Amo volar. Me hace sentir libre. Es fácil y complejo. Primero tomas carrerilla, no demasiado, cansarse no es una buena opción, después extiendes las alas en toda tu envergadura, golpeas el aire un par de veces y… ¡hale hop, estás en el aire!

El mundo se ve diferente desde arriba. Me gusta y suelo hacer el mismo recorrido, una y otra vez y, sin embargo, siempre es un recorrido diferente, siempre hay algo nuevo que descubrir, un detalle nunca visto ante el que asombrarse.

Ayer, por ejemplo, cuando me desperté, aturdido y rodeado por el alboroto incesante de la colonia, decidí huir de los graznidos. Di un par de vueltas amplias sobre las Illas Cíes, como para comprobar que dejaba el hogar en orden y puse rumbo a Vigo que, a esa hora de la mañana despertaba fantasmagórica entre la bruma marina. Volaba despreocupadamente sobre la ría cuando, de repente, escuché un temible bocinazo y una enorme mole blanca apareció de la nada ante mi pico. Casi tengo un choque frontal fatal contra un edificio flotante. Afortunadamente pude rectificar a tiempo y salvar mis plumas, por los pelos… Eso sí, como podréis imaginar, mi venganza fue despiadada. Concentré todo el ácido corrosivo que pude, apunté, apreté y… ¡zasca! Directo al puente de mando. Después hice un vuelo rasante para comprobar mi puntería: el parabrisas había sufrido mi ira, ¡soy todo un francotirador!

La aventura me había abierto el apetito, así que me acerqué raudo al puerto. En la lonja siempre hay abundancia de restos deliciosos con que llenar el gaznate. Me puse las botas y me retiré a descansar a una farola del centro, a observar la ciudad bullir.

Mientras dormitaba presencié una escena que volvió a despertar, una vez más, mi alma de superhéroe. Unos adolescentes malcriados estaban metiéndose con un pobre perro callejero en la zona de la Praza da Estrela. Odio que se maltrate a los animales. No pude no hacer nada. Tomé altura, dejé después caer mi cuerpo en picado, preparé mi cloaca y… ¡bingo! ¡En toda la cabeza! ¡Y al más chulo! ¡Soy un as de la aviación!

Tras tanta acción necesitaba relajarme, y para relajarme, nada mejor que el vuelo. Fui creando círculos sobre la ciudad, espirales, dodecaedros en el aire y, al mismo tiempo observaba la ciudad, que rebosaba vida: niños que salían de edificios como fábricas, felices por su ansiada libertad; jubilados dando su ok a obras interminables (¿estarán construyendo Abu-Simbel?); hombres y mujeres de negocios siempre con prisas y siempre sin ojos; coches incesantes y apabullantes que no saben dónde van, dónde ir; miles de personas que hacen y deshacen su vida por las calles de Vigo, sin sospechar que, desde arriba, alguien les mira, y sonríen.


Y yo también sonrío.

jueves, 5 de mayo de 2011

Una ciudad enferma


Esta ciudad adicta al desamparo y la humedad
da testimonio de su locura y su verbena
apagando sus calles a la hora de la pena
para olvidar su existencia y su verdad.

Serpentean por sus calles inconscientes
individuos con coraza, corazón coraza,
que apenas esbozan una sonrisa breve
a la vuelta de la esquina de la rabia.

Se cruzan entre sí y conmigo, se pisan y me pisan
cuando creen que nadie los observa
y si se sienten observados se arrodillan,
se atan el zapato, bajan la cabeza.

Esta ciudad apta para huidos y extranjeras,
cobijo de putas de lujo, de piratas sin bandera,
centro del otro mundo, capital de la periferia,
se construye a medida que su palabra se quiebra.

Por sus cuestas imposibles ruedan sueños
en caída libre que invariablemente desembocan
hechos jirones sanguinolentos en su derrota
en las aguas imperturbables del insensible puerto.

Las heridas de los transeúntes no cicatrizan,
se gangrenan en una macabra danza
que agota y reprime toda esperanza,
que elimina cualquier rastro de alegría.

Esta ciudad se consume entre estertores
pidiendo a gritos una primavera
que la sane y que nunca llega,
esta ciudad enferma de gris sueña colores.


Imagen: Ciudad enferma, de Cristian Fuica