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domingo, 8 de junio de 2014

El precio más alto

Los absurdos de este tiempo sinsabor
aniquilan el recuerdo de la audacia
y todo permanece inmóvil,
esperando un desatino.

Esto no es una epopeya,
los héroes vagan sin destino errantes,
tras una estrella pornográfica
y libidinosa.

No es una elegía ni una oda,
esta vida nos ha tocado vivir,
no otra,
mejor ir haciéndose a la idea,
mejor dejarse de metáforas baratas.

Esto es el relato de un fracaso continuo,
el propio, el de cada uno,
el que cada mañana se enhebra en nuestras vidas huecas,
el cotidiano que quiebra la esperanza
de seducir con un requiebro al futuro,
la mísera vida.
Todas semejantes en su insolencia juvenil,
en los sueños prefabricados que ansiamos,
en la deriva siempre inesperada.

El precio más alto de la vida no es la muerte,
el precio más alto de la vida es la angustia.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Mi barrio, en la noche



La ciudad ofrece breves momentos de paz,
apenas fugaces destellos de esperanza irredenta.
Yo suelo trasnochar.
Salgo y levito sobre todos y sobre todo,
absorto,
como un guardián que protege su redil,
amante y solícito.
Mi barrio es un arrabal,
putas y chaperos venden incendios a precio de saldo,
todas las esquinas desiertas paren su dromedario,
surtidores de sueños embriones de pesadilla,
y un hotel que oculta la vergüenza del padre de familia,
gente bien que naufraga mal.
Me siento en los parques a custodiar la angustia,
desde aquí se ve el puente y su suicida,
siempre el mismo, siempre diferente,
con ningún motivo que lo aferre a la vida.
De repente un crujido anuncia el fulgor plateado de la luna
reflejado en la hoja impenitente e inmunda
que un yonqui blande inútilmente
ciego en su delirio, corriendo de espaldas buscando la muerte.
Y el amanecer,
y los impostores que inundan las calles.
Me conmueve mi barrio cada noche,
su verdad desnuda me alimenta.

lunes, 20 de mayo de 2013

Una furtiva lágrima



Una furtiva lágrima asoma intempestiva
la comisura de tus labios perennes,
esbozando apenas una triste sonrisa,
y renegada, un dolor en ciernes.

Llevamos desde siempre hablando de lo mismo,
amor y muerte, no hay otra cosa:
amor a dios, a la mujer o amor al amor,
autoamor que se recrea en un espejo
y se descubre solo, muerto.
Y muerto descubre la muerte y su alivio,
su alivio y su desgarro.

Ahora, siendo otros, seguimos siendo los mismos,
un par de enajenados entrambos consumidos,
un ejemplo más de las veleidades de un destino
que, por no hacer mudanza en su costumbre,
bifurca los senderos, divide los caminos.

No puedo hacer más que repetirlo en el vacío
de esta página virginal que se me ofrece:
la angustia no es la falta de aire,
la angustia es la ausencia de sentido.