Mostrando entradas con la etiqueta intrascendencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intrascendencia. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de febrero de 2015

Juan, o cualquiera

Juan se despierta, se levanta y piensa
por qué no,
otro día más no pesa,
hoy solo toca hoy.

A veces se viste de traje
y sale a comerse el mundo de un bocado,
a seducir a la muerte con manos de cirujano,
a gobernar el eterno desgobierno,
a diseñar puentes que unan deseos.

A veces se viste de faena
y amasa pan para tu boca,
te sirve café con magdalenas,
te escribe la vida en una hora
y dibuja el destino de tu viaje.

Juan es alérgico a profetas,
sabe que respira
y se inventa sus recetas,
siempre propias,
siempre nimias,
para no cortarse de un tajo la vida.

Juan es nadie y es cualquiera,
un instante de un instante,
una enredadera en la memoria,
el principio del fin de la historia,
otro vagamundo del arte
noble y vil de la supervivencia.

Juan se acuesta cada noche
orgulloso de su amada intrascendencia.


domingo, 3 de agosto de 2014

Vomitar la tristeza

Hay quien dice que escribo triste,
que siempre parezco al borde del suicidio en mis poemas,
que soy alérgico a la esperanza.

Puede.
Quizá sea cierto.
Mis palabras probablemente son insanas,
un alarido constante,
el terror que llega tras la curiosidad,
el apabullante desamparo,
la continua y adorada intrascendencia:

dios no es más que otra palabra.

Al fin y al cabo solo cabe engañar al tiempo,
que ni se gana ni se pierde,
y consagrarse a la inutilidad.

Con pasión acaricio otras manos
a pesar de la soledad,
acepto la traición
como condición sine qua non,
y vivo,
a pesar de todo.

Si vomito la tristeza,
no te aflijas,
solo es un hechizo,
un estertor en verso,
un modo,
como otro cualquiera,
de conjurar la sonrisa,
siempre irónica y terca.