Mostrando entradas con la etiqueta deuda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deuda. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de febrero de 2016

El pasillo

El aire flota pervirtiendo el momento extático
de la definitiva rendición,
evohe, evohe,
y solo un jadeo extraño y lejano
interrumpe la soledad,
como un río que fluye y ensimisma,
partiéndote en dos.

No vinimos a quedarnos,
eso lo sé,
el tiempo no se atesora
y los domingos queman.

Las paredes son lienzos o patíbulos,
las palabras son heridas
siempre propias,
consentidas sin sentido.
La poesía una manera de callar.

La necia realidad se impone,
Leporello.

Las puertas cerradas ocultan sueños,
bailes a medianoche
y besos con sal,
y el pasillo se extiende,
largo y oscuro ante nosotros,
ávido y obcecado.

Y ya sin tiempo,
Leporello,
sólo nosotros podemos ser,
hasta que se cumpla el plazo,
hasta que la deuda se pague.

sábado, 24 de mayo de 2014

Impasse

Hay un tiempo de minutos detenidos,
como un impasse que se nutre de esperanza,
de mis ganas y del aire que respiro.
Cuando llega me refugio entre palabras
que crecen machaconas e incesantes,
golpeando sin piedad cada razón,
negando en cada verso mis bondades,
rompiendo de nuevo los moldes.

Cuando la vida se oculta entre los pliegues de las sábanas
los amaneceres perecen de saldo,
las marionetas despiertan al son de gallos embotados,
y la vida sucede como si nada, o apenas nada,
descubrimos absortos el abismo de la propia mirada,
y todos los comendadores acuden a un festín
del que somos anfitrión, pan, postre y perdiz,
una deuda con la muerte que espera ser saldada.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Morosos

La vida es una mierda la mayor parte del tiempo. Es un secreto a voces. Cuando te quieres dar cuenta has metido tanto la pata que ya no hay remedio, y de todas formas la alternativa tampoco es halagüeña.
Primero toca soñar, supuestamente. Pero sueñas y por supuesto te desvías, ¿cómo no te vas a desviar? Soñar es desviarse. Ah, pero si te desvías te introducen rápidamente de nuevo en la senda… y mejor por las buenas, si te da por ponerte rebelde las cosas se pueden poner muy difíciles. A veces a uno lo despiertan pronto.
Después te atosigan con una retahíla de razones, argumentos de todos los colores, te ofrecen un mundo que brilla allá, en el horizonte. Y caminas. Y caminas. Y sigues caminando. Y el camino no es de rosas sin espinas. Los zapatos siempre aprietan, la talla nunca es la correcta y otra vez la misma puta piedra. ¿Cómo mantener los mitos?
Para cuando quieres reaccionar la verbena te rodea. Todo es ruido y gente y fiesta. Tu lamento desentona y su estridencia se solapa con el frenesí que impera. Y pagas el precio de la entrada, y te endeudas con perros y con gatas creyendo aullar a la luna y bendecir tus siete vidas. Pero la verbena siempre acaba y deja tras de sí un silencio sepulcral, más profundo y más oscuro que el silencio habitual.
Todo está escrito con palabras sagradas: “No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague”, y “convidado de piedra”, añadiría, aunque el invitado siempre paga en esta mesa, incluso si come aire. Y las deudas acechan.
Hay deudas de sangre, contraídas por amores y odios, deudas compartidas a partes siempre desiguales, y tú de nuevo con la mejor parte (léase ironía).
Hay deudas de carne, de la carne infecta que comes y de la carne exquisita que vendes, ¡y te visten de princesa!
Hay deudas de hambre, nunca satisfecha, de ser algo más que un número que se tambalea, de existir y huir del vacío, de aquel silencio de verbena.
Y las deudas siempre crecen.
Y siempre se pagan, de un modo u otro.