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domingo, 26 de junio de 2016

¿Por qué el lenguaje?

[Texto incluido en un examen de recuperación de lengua para alumnos de un nivel de 3ºESO. Espero que os guste.]

“Aprender a leer es lo más importante
que me ha pasado en la vida.”
Mario Vargas-Llosa

¿Por qué el lenguaje?

Supongo que si estamos aquí, vosotros y yo, es porque no he sabido mostraros la importancia de lo que nos llevamos entre manos. Lo intentaré nuevamente.
El colegio es un coñazo. Bueno, puede serlo con la actitud inadecuada, lo admito. Pero a veces me parece observar en vosotros cierta repulsión a aprender o, hablando con propiedad, cierta repulsión a aprender lo que os imponen. Os aseguro que lo comprendo. Voy a contaros un cuento.
Érase una vez, en un colegio no muy lejano, un niño que no entendía el porqué de seguir la línea de puntos si el lápiz quería seguir por otro camino; el porqué de aprenderse los nombres de lugares lejanos que apenas escuchamos por un terremoto, una plaga, una hambruna…; el porqué de una raíz cuadrada sin cuadrado que parece un triángulo; el porqué del sintagma, la metáfora, el suplemento, la derivación denominal.
Él iba al colegio. Sin más. Sin entender nada de nada, lo fueron dejando atrás. Él sabía que no era tonto, solo le interesaban otras cosas. Le gustaba leer. Leía y leía. Todo lo demás le daba casi igual.
Claro, su madre no opinaba lo mismo, y a fuerza de intransigencia y amor (el que se ofrece con la escoba o la zapatilla) fue logrando que al menos, aprobara. ¿Aprobar? ¿Qué significa aprobar? Aprobar no significa nada, es solo un visto bueno, pero a él le demostraba que podía, aunque no le interesara realmente.
Un año, ya en el instituto y tras varios derrapes, tuvo la gran suerte de toparse con una profesora que le hizo ver cosas que no sospechaba, y con un profesor que le hizo ver otras que sí sospechaba. Se le encendió una luz. Todo es una gran mentira, pensó, una preciosa y enorme mentira por amor. Merece la pena descubrirla.
Ella era profesora de lengua. Serafina, Fini para los amigos. Cierto día empezó a hablar con poca coordinación, a intercalar palabras sin sentido, a de inventaba el acuciante retrovisor hasta vencido unas perdigones implorábamos un poco de cordura. Se trataba de eso, de ponerse de acuerdo para entenderse lo mejor posible. Eso sí lo podía comprender. Si todo era un acuerdo se podía explicar viajando hacia atrás, buceando en el tiempo.
Él era profesor de filosofía, y supo poner en valor la cultura dudando de la cultura, oculto tras una corbata oscura y una barba densa e impoluta. Nunca recordó su nombre, solo sus palabras, afiladas como dagas.
Todo lo demás, apenas nada.
Como le gustaba leer, y pensar, y dudar un día cogió interés (agradeció entonces la escoba y la zapatilla). No por destacar, no por un futuro (que no existe), si no por el deseo ferviente de evitar que le engañasen, de evitar ser un don nadie y preferir ser un cualquiera, uno de esos que se entera, de los que jode porque sabe.
Se dio cuenta que vivía en un mundo de palabras: instrucciones, prospectos, cartas de un restaurante —o peor aún, de un banco—, letras de canciones, o versos que hacían que las chicas se dejaran besar. Esa fue su excusa.
Después, como siempre, descubrió otros mundos que no hubiera imaginado jamás y entendió cosas incomprensibles, muchos “¿Para qué sirve…?”, y el precio injusto de algunas justicias. “Quizá no recuerdes los ríos de España a los treinta, pero necesitarás haber aprendido a memorizar con eficacia si tienes un bar y necesitas realizar un pedido, o recordar una lista de morosos; quizá no recuerdes cómo hallar una estadística pero resultaría interesante que supieras que el veinte por ciento de mil pavos, con suerte, no son trescientos euros; quizá no necesites a Quevedo, pero resulta útil que no te tomen por oligofrénico…” solía decir un profesor de la universidad a sus alumnos recién llegados: “Lo más importante de lo que habéis aprendido es aprender a pensar, a querer y a soñar.”
Para esto, se dijo, para esto hay que saber hablar.

Con este pequeño cuento quiero decir que cada uno tiene que encontrar su motivo para dejarse convencer y dudar, para dejar el papel de víctima y empezar a ser alguien, para seguir dando pasos adelante, para coger un camino y no excusarse.

viernes, 23 de octubre de 2015

El encuentro

El camino no siempre es fácil, a menudo encontramos obstáculos que nos hacen dudar, que nos impiden avanzar, y, por un momento, permanecemos inmóviles, atenazados por las dudas, a ralentí.
Aquel día nada parecía presagiar el funesto final. La mañana había despertado luminosa y cálida, el sol invitaba a una fiesta continua. Peter estaba de buen humor, lo sé porque siempre tararea la misma canción cuando esto sucede: la versión más bonita y sentida de My Way, en la voz enlatada de Nina Simone.
Acudimos al centro y, excepcionalmente, tuvimos sesión de chapa y pintura. Él acudió a su barbero preferido en Manhattan, se hizo lustrar los zapatos en Broadway, recogió su traje más elegante en la tintorería Imperatore y compró unos excelentes bombones de chocolate belga en Leonidas-L’amour fou. Tras mi sesión de aceite y masaje se unió a mí, pasamos por la estación de servicio antes de recoger un poco ortodoxo ramo de lirios y amapolas, y volvimos a casa. Durante todo ese tiempo My Way sonaba de manera perenne. Yo estaba entusiasmado, cuando Peter estaba así de radiante yo sabía que algo bueno iba a suceder.
Peter subió al apartamento y yo le esperé junto al portal, tomando el sol y escuchando el dulce trinar de los pájaros, rezando porque a ninguno se le ocurriera estrenar mi mal humor con su puntería escatológica. Cuando Peter regresó, un par de horas después, iba impecablemente vestido. El traje le hacía parecer Paul Newman, ¡qué hombre! ¡Y su sonrisa… el universo entero brillaba reflejado en sus dientes inmaculados!
Corrimos por las calles de la ciudad y Nina Simone atronaba a los viandantes, que sonreían al intuir la felicidad que íbamos regalando a nuestro paso. Peter conducía ágilmente, avanzando en zigzag entre los tristes automóviles que circulaban sin sentido. La carretera era nuestra.
Cuando llegamos a la 5ª con Park Av. nos detuvimos en doble fila. Peter estaba exultante. Descendió y se ausentó un instante. Se acercó a un portal próximo y escuché vagamente como una voz de mujer decía:
—… ya bajo…

Había algo extraño en aquella voz, un deje melancólico que anunciaba un desenlace trágico e inesperado. Peter volvió a entrar y encendió un cigarrillo. A mí no me gusta el humo, deja un hedor insoportable en mi tapicería. Justo en el momento en que llegaba la apoteosis al piano de Nina, sentí un golpe seco y mortal. Me encogí por el dolor retorciéndome hasta quedar hecho un amasijo de hierros. La mujer finalmente había bajado y, por fin, ambos estaban juntos.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Morosos

La vida es una mierda la mayor parte del tiempo. Es un secreto a voces. Cuando te quieres dar cuenta has metido tanto la pata que ya no hay remedio, y de todas formas la alternativa tampoco es halagüeña.
Primero toca soñar, supuestamente. Pero sueñas y por supuesto te desvías, ¿cómo no te vas a desviar? Soñar es desviarse. Ah, pero si te desvías te introducen rápidamente de nuevo en la senda… y mejor por las buenas, si te da por ponerte rebelde las cosas se pueden poner muy difíciles. A veces a uno lo despiertan pronto.
Después te atosigan con una retahíla de razones, argumentos de todos los colores, te ofrecen un mundo que brilla allá, en el horizonte. Y caminas. Y caminas. Y sigues caminando. Y el camino no es de rosas sin espinas. Los zapatos siempre aprietan, la talla nunca es la correcta y otra vez la misma puta piedra. ¿Cómo mantener los mitos?
Para cuando quieres reaccionar la verbena te rodea. Todo es ruido y gente y fiesta. Tu lamento desentona y su estridencia se solapa con el frenesí que impera. Y pagas el precio de la entrada, y te endeudas con perros y con gatas creyendo aullar a la luna y bendecir tus siete vidas. Pero la verbena siempre acaba y deja tras de sí un silencio sepulcral, más profundo y más oscuro que el silencio habitual.
Todo está escrito con palabras sagradas: “No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague”, y “convidado de piedra”, añadiría, aunque el invitado siempre paga en esta mesa, incluso si come aire. Y las deudas acechan.
Hay deudas de sangre, contraídas por amores y odios, deudas compartidas a partes siempre desiguales, y tú de nuevo con la mejor parte (léase ironía).
Hay deudas de carne, de la carne infecta que comes y de la carne exquisita que vendes, ¡y te visten de princesa!
Hay deudas de hambre, nunca satisfecha, de ser algo más que un número que se tambalea, de existir y huir del vacío, de aquel silencio de verbena.
Y las deudas siempre crecen.
Y siempre se pagan, de un modo u otro.