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domingo, 1 de septiembre de 2013

A mi hijo, que no es



Te escribo para compartir mi cobardía,
para expiar mi culpa y mi egoísmo,
aunque tú no existas,
y sin ti no sea yo el mismo.

Sentado junto a la ventana
he observado mundos que naufragan,
miradas que generan desconfianza,
animales que se aman a dentelladas,
un millón de almas que vagan desalmadas.
He visto amores que se desmoronan,
lágrimas de luto, siempre a deshora,
sueños kamikazes que a la postre se agostan,
se marchitan o se inmolan.
He oído los quejidos y crujidos de la historia,
salpicados de sangre y desmemoria,
prestando su voz a vidas cortas,
nimias, fugaces, letales, traidoras.
He olido el aroma de la nada,
de las ruinas del amor entre las sábanas,
de la sangre propia malgastada,
de la muerte, que siempre comparte mi cama.

Son muchos los motivos, hijo mío,
que provocan esta eterna huida,
que te impiden iniciar tu camino
y te abocan a ser idea, a ser poesía.

martes, 27 de agosto de 2013

El andén



Ella se giró una vez más,
para cerciorarse de que él seguía allí,
con los ojos arrasados,
perdiendo otro tren.

La huida es más sencilla
cuando se niega el amor,
cuando se construyen muros
y se defienden las fronteras.

Acomodada ya en su asiento
se pregunta si era cierto,
si sus besos, los de él,
eran de cal o eran de arena.

Se observa las manos vacías
mientras crece su desconfianza,
perder absolutamente todo
no es lo mismo que no ganar nada.

Mientras tanto él la ve partir,
sentado en el andén, fumando,
acostumbrado a ver la vida desde fuera,
a lidiar los toros desde la barrera.