Ella se giró una
vez más,
para cerciorarse
de que él seguía allí,
con los ojos
arrasados,
perdiendo otro
tren.
La huida es más
sencilla
cuando se niega
el amor,
cuando se
construyen muros
y se defienden
las fronteras.
Acomodada ya en
su asiento
se pregunta si
era cierto,
si sus besos, los
de él,
eran de cal o
eran de arena.
Se observa las
manos vacías
mientras crece su
desconfianza,
perder
absolutamente todo
no es lo mismo
que no ganar nada.
Mientras tanto él
la ve partir,
sentado en el
andén, fumando,
acostumbrado a
ver la vida desde fuera,
a lidiar los
toros desde la barrera.