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miércoles, 10 de enero de 2018

Un cuento


Érase una vez dos locos de atar
que cansados de tanto suelo
decidieron emprender el vuelo
y no morir sin amar.

Ella, que no sabía ser princesa,
que no imploró que la salvasen,
que jamás tuvo paciencia
e hizo de la lucha un arte,
esta vez,
casi sin querer,
se dejó cautivar.

Él, acostumbrado a ser víctima y verdugo,
sin nada que ofrecerle
excepto una palabra triste y un rincón oscuro,
una caricia leve,
esta vez,
casi sin querer,
se atrevió a soñar.

No eran niños persiguiendo moralejas,
quien ha sido pirata
de sobra sabe naufragar,
eran dos amantes brillando como estrellas
que se fugan
e incendian el mar.

Se miraban a los ojos con fiereza
cogidos de la mano,
dispuestos a vivir
el cuento que acaba de empezar.

domingo, 21 de febrero de 2016

Verdugos

No me vendes los ojos,
no me hurtes la mirada.
Esta vez quiero ser cómplice
y ver cómo me matas.
Yo también sé ser verdugo.

Para qué llorar,
si no somos más que arte
que niega lo que grita,
profetas silenciosos
de un mañana que cercena,
versos condenados al delirio.

Ambos sabemos que los dioses
han de callar.
Sonreirán desde su olimpo imposible.
Impasibles.

Nuestro es el decoro
y la dicha de la muerte.
El amor y su luna.
El último aliento,
que tejemos inconscientes
de que realmente nos envidian.

Nuestro es este instante que agoniza
ufano
y se repite
inclemente.

Las lágrimas que vertemos,
el amor y el dolor de cada día,
de cada pedacito de día.