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viernes, 24 de octubre de 2014

De colores

Tuve un sueño.
Un ser desnudo despierta y observa anonadado el mundo circundante. Todo es pasión y éxtasis: la agradable rugosidad de la corteza del tronco del árbol; el olor tenue de la mierda reciente; el sabor dulce y el sabor amargo de un camino apenas iniciado; el río que le absorbe y le hace agua. Todo es nuevo. Todo tiene un porqué y basta con buscarlo para colmar un ansia de conocimiento, de asideros que regalen un destino al desatino.
Los nombres van surgiendo y acumulándose, amancebándose, y pariendo nombres nuevos, adjetivos brillantes y circunstancias únicas. El fulgor se instala y desborda de expectativas a un joven ruiseñor, dispuesto al cante con las plumas lustrosas. Cada instante merece ser vivido, ser analizado y ser clasificado. El ser descubre el orden y se alimenta ávido de digerir. Surge el verbo. Para permanecer.
Sin sospecharlo siquiera el ser son seres. El pequeño nicolás, aterrado, grita mientras observa a sus amigos: “¡Todo se complica!” El orden soñado se convierte en una máquina de pinball con cientos de esferas bailando, en un movimiento enajenado, en un azar insobornable. Los espejos se multiplican y cuestionan la verdad desde su silencio, un silencio estridente y poliédrico.
Entonces todo se detiene. Los espejos pierden interés cuando la ilusión aparece, etérea, sublime, improbable. Todo orden imaginado se resuelve en un caos con sentido y sin sentido. Las palabras se adelgazan, se ocultan tras la boca, se diluyen en saliva redentora, se soslayan. El tiempo se dilata y acumula lugares propicios al amor, versos repletos de metáforas manidas, tan ciertas como efímeras, fragantes e inmarcesibles, y se venga inventando el olvido.
El olvido es la nada, el vacío, tierra baldía. Es saberse ser vencido. Es mirar cómo sucede la muerte, como se va acercando y le va cercando, indómita, tan callando que hila un poema murmullo que, como un río de aguas tranquilas, ruge cuando presiente la cascada, la caída final e inevitable.

Perseguí un sueño.

Los amaneceres conspiraban,
bendecían mi otrora mal pie siniestro,
y obsequiaban embriones de júbilo.
Tejía urdimbres de tiempo
que invocaban una tregua,
suspiraba minutos
con sabor a vida entera.
Como Penélope sin Ulises.

Los veranos languidecen,
los amaneceres atardecen
y en el puerto nadie da noticia,
solo el batir de las olas
que desgasta los deseos
trae cantos de sirenas ajadas
que me recuerdan que existes,
dondequiera y comoquiera.

Tuve un sueño. Perseguí un sueño.
La vida debe parecerse a eso,
una caída libre en un espacio vacío,
de colores.