Me acostumbro cada día a ser el amante,
a no ser el amor,
a pasar los domingos entre lágrimas
que agonizan al sol.
Te acepto cuando vienes, intempestiva,
acepto tus juegos malabares
y el calor desbordante de tu risa,
y me quemo en un cuerpo que arde.
Sé que somos imposible,
una absurda contradicción,
que vuelvo a ser un kleenex,
el verso sin rima de la canción.
Tras el fuego te vas
y me dejas a mi muerte,
desnudo y helado,
como un cuerpo transparente
hecho de semen y sal.
Yo no sé ladrar,
apenas escribo,
a borbotones y mal,
suplicando tu olvido.
Aprendí a ser el amante,
aprendí a renunciar al amor,
a convertirme en un páramo errante,
a celebrar con ginebra el dolor.
No maldigas ahora mi estampa,
solo pude ser quien soy.