Han venido a llevarse por delante mis sueños
con sus crisis de valores, su realidad a manos llenas,
sus millones de culpas y su catálogo de penas,
a tatuarme en el alma un cruel e inmenso cero.
Me armo de valor y me armo de paciencia,
como corresponde a un triste y digno caballero,
aunque en mi lánguida cabeza orine un yelmo
como una bella metáfora de la decencia.
Han venido a hurtarme el futuro perfecto,
el corazón y la coraza y a mi amada Dulcinea,
con sus trajes de corbata y sus sonrisas de hiena
al albur de la inminente derrota de mi empeño.
Tú, amigo Sancho, lo comprendes:
yo me niego a dejar de ver gigantes.