a Pepa, el amor
de mi vida
Cierra las persianas,
me gritan tus ojos entreabiertos.
Y yo solo encuentro lágrimas.
Tus manos secas,
acostumbradas al desamparo del cicerone anónimo,
se muestras torpes y sin luz,
incapaces de sostener el aire.
Tu boca antaño lisonjera
que era manantial de verbo exótico y dulce,
de la más sutil prudencia,
se agosta y escupe a penas estertores.
Yo habré de aprender la vida inhóspita del hijo malcriado,
enfrentado a la ausencia.
Me estrellaré contra el muro del recuerdo
para fundirme en él,
sin algarabías.
Ve cerrando las
persianas,
susurras.